(a.m.) Ha pasado un año desde la muerte del Papa Francisco. En realidad, parece mucho más. El silencio sobre los 13 años de su elección —justificado por el estruendo de las guerras en curso, pero que no oculta una cierta voluntad de olvido— se rompe ahora con algunos libros y tres, tal vez cuatro documentales. Todos preceden por pocos días al aniversario de su muerte, el 21 de abril del año pasado. Hemos decidido publicar el capítulo 7 del libro “Padre” (Ed. Piemme) de Salvatore Cernuzio (en la foto de portada el Papa con en mano unos dibujos de sus hijos), actualmente colaborador de Vatican News y de L’Osservatore Romano, quien mantuvo una estrecha relación con el Pontífice. De ella da cuenta la vaticanista del diario italiano Messaggero, Franca Giansoldati: «Sintiendo que el final ya estaba próximo, el anciano Papa pidió verlo y abrazarlo, animándolo a seguir adelante. “Bueno, aquí nadie sabe cómo termina esto. Puede ser que sí y puede ser que… sí. Y como para mí eres como un hijo, un nieto, un hermano, quería despedirme de ti”».
El documental al que nos referimos —y que recomendamos— se titula La Argentina de Francisco. Ha sido realizado por el canal Telepace en colaboración con Vatican News. Hablaremos de él en el próximo post.
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(Salvatore Cernuzio). Habíamos pensado hacer un tercer podcast juntos sobre el tema de los viajes. Me había pedido que esperara hasta el “gran viaje” al Sudeste Asiático y Oceanía, en septiembre de 2024. Quince días, cuatro países (Indonesia, Papúa Nueva Guinea, Timor Oriental y Singapur), cuatro husos horarios, más de 33,000 km. Una aventura, por no decir una locura, teniendo en cuenta, además, su salud precaria. Algunos habían desaconsejado al Papa Francisco que se embarcara en esta hazaña; él «sentía» que debía hacerlo. Una vez, en el avión de regreso de Bagdad, había dicho que todos los viajes internacionales nacían de la oración y de una especie de movimiento interior. Y también de la sintonía con un presidente, un primer ministro, un miembro de la realeza, un obispo, un sacerdote, una religiosa o un misionero que lo invitaba al terminar una audiencia. «Quizás vaya a Kosovo, ¿sabes?», me dijo un día. «¿A Kosovo? ¿Por qué?». «He recibido al primer ministro y es muy simpático. Me ha invitado…». «No es que sea precisamente sencilla la situación con Serbia». «Sí, ya veremos. Podría hacer bien. Voy a rezar por eso».
Para hacer el podcast esperé no solo el viaje a Asia y Oceanía, sino también los otros dos de 2024: Luxemburgo y Bélgica en septiembre, y Córcega en el mes de diciembre. Pensaba que sería hermoso, en el umbral de los casi cincuenta viajes apostólicos, repasar esas peregrinaciones por el mundo, detenerse en las que más le habían quedado grabadas en el corazón, Irak y la República Centroafricana, donde incluso había inaugurado el Jubileo de la Misericordia en noviembre de 2016. Y quizás hacer también algún anticipo sobre el futuro. Además de la misión en Gaza, además de la ya anunciada Nicea por los 1700 años del Concilio, tenía otros proyectos concretos. «Este verano iré a Cabo Verde», me dijo en enero. «¿Y por qué?». «Es importante que vaya allí». También se habían previsto otras visitas a África. Y un viaje relámpago a las Islas Canarias para conocer de primera mano la tragedia de la inmigración que se vive en ese lugar. Había recibido varias cartas al respecto, una de ellas de Eva Fernández con testimonios de algunos migrantes. Quería ir a conocerlos, llevarles una palabra de consuelo, como había hecho en Lampedusa y en Lesbos.
Solo una vez mencionamos a Argentina en nuestras conversaciones. Era un tema sobre el que era reacio a hablar, un poco como el de su salud personal. Un día, sin embargo, se lo pregunté después de que él mismo, más de diez años después de su elección, reveló en una entrevista que volvería a su patria a finales de ese año. El Papa afirmaba que estaba decidido a realizar ese viaje, pero no parecía del todo convencido. «Hay algo que no me cuadra», me dijo. «¿La política, la Iglesia o qué? ¿No le gustaría volver a ver a su familia?». «Un poco de todo… Con mi hermana hablo siempre, mis sobrinos vienen a visitarme». No insistí, ni volví a preguntarle nunca.
Lo que sí repetía una y otra vez eran sus «sueños». En primer lugar Líbano, un país herido y crucial en el tablero de Oriente Medio, símbolo de resistencia, de coexistencia religiosa, de encrucijada de historias, culturas y tradiciones. Había barajado la idea de hacer escala en Beirut a su regreso de Irak, alentado por una carta del cardenal Bechara Raï, patriarca de Antioquía de los maronitas. Pero, como dijo en la conferencia de prensa en el vuelo de regreso de Bagdad, el Líbano merecía más que una breve escala. El viaje nunca se realizó debido a la parálisis política. En una cosa Francisco, como por otra parte todos los Papas, era inflexible: nunca viajar en vísperas de elecciones o en situaciones políticas complicadas donde su visita pudiera ser instrumentalizada. Luego, los bombardeos de Israel en el sur fueron sin duda un agravante, aunque —y lo digo con conocimiento de causa y no por alimentar el mito de un Papa héroe— cuanto más riesgoso era el escenario, más se sentía impulsado a partir Jorge Mario Bergoglio. No quería que fuera una cuestión de imagen, sino la demostración de la gracia de Dios que supera la historia, del tiempo que supera el espacio, de los muros que se derrumban, como le gustaba repetir. Es por eso que siempre privilegió tierras donde nunca había puesto un pie un Papa.
En esa misma línea, el otro sueño era China. Se hacía la ilusión de que, tras el tan discutido Acuerdo sobre el nombramiento de obispos que se firmó en 2017, esa pequeña rendija abierta se convirtiera en una puerta que permitiera entrar. Y por fin un Papa pudiera acceder al gran país del dragón. Estoy seguro de que tarde o temprano sucederá, pero creo que pasarán muchos años todavía.
Visité Pekín en el verano de 2023 y pude comprobar personalmente, aunque por poco tiempo y sin ningún tipo de competencia en la materia, la complejidad de esa tierra. El viaje coincidió con mi cumpleaños, y esa noche (en Italia era la hora del almuerzo) me llegó el acostumbrado “mensaje”, el email de saludo de Francisco. Nunca se olvidaba de un cumpleaños: no solo el mío, sino el de todas las personas que conocía. Anotaba la fecha en su agenda azul y escribía o llamaba por teléfono para saludarlas personalmente. Por lo general era una llamada rápida: «¡Muchas felicidades!». Luego venía la broma, casi siempre la misma: «¿Cuántos años cumples? ¿45?». «No, 35…». «Pero sí, ya sé que eres un niño». En esa oportunidad me envió las felicitaciones por escrito porque no podía hablarme por teléfono. Decía que estaba contento porque yo me encontraba en ese lugar donde él también habría deseado tanto estar. «Cuando vuelvas, me cuentas».
Nos vimos pocos días después de mi regreso; le llevé de regalo una Biblia en chino y una pequeña imagen de la Virgen de She Shan. Ya había colocado un cuadro más grande y también una estatua en el pasillo de Santa Marta, y para él eran recuerdos muy queridos. La Biblia es un regalo que conservó hasta el final: «Mira allá (me dijo señalando la biblioteca), todavía la tengo». Como todos los días recibía una avalancha de obsequios y regalos, los regalaba a su vez o los conservaba en un armario, o bien los ponía a la venta en las tiendas del Vaticano, y destinaba el dinero a la beneficencia. Conservó la Biblia hasta un mes antes de morir; después se la regaló a un sobrino que estudia chino en Bulgaria.
En aquel encuentro, después del viaje a China, le conté detalladamente lo que había visto, mis impresiones, mis observaciones. Quería saberlo todo y estaba muy impresionado, especialmente por la visita al lugar donde se conservan las tumbas de los misioneros jesuitas en tierra china. «Sería hermoso que yo también pudiera ir». Antes del viaje a Mongolia, en septiembre de ese 2023, Jorge Mario Bergoglio acariciaba la idea de que, ex abrupto, desde ese país bisagra entre Rusia y China, podría dar un salto a Pekín. Más que una idea, era una esperanza, o quizás una ilusión, pero Francisco era un soñador. «Estoy allí, a dos pasos; si me invitan, estoy dispuesto».
Luego, en la misa de clausura en Ulán Bator, llamó a los dos arzobispos de Hong Kong, el emérito y el actual, para estrecharles la mano y enviar un mensaje al «noble pueblo chino». Era una señal de total apertura al país. A pesar de todo, más allá de todo. Amigos de Pekín me han contado que allí el gesto de Francisco fue muy apreciado, al igual que la iniciativa de enviar en misión al cardenal Matteo Maria Zuppi, arzobispo de Bolonia y presidente de la CEI. En un primer momento, la sensibilidad puramente “política” china llevó a preguntarse por qué Francisco no había enviado, por ejemplo, al secretario de Estado o, en todo caso, a un representante directo suyo a la capital china. En la elección de Zuppi, en cambio, yo vi toda la clarividencia de Bergoglio: un cardenal conocido, de una gran capacidad de empatía y con experiencia internacional gracias al trabajo realizado con la Comunidad de San Egidio; al mismo tiempo, una figura eclesial al margen de roles y esquemas diplomáticos, y por lo tanto, con “mayor margen de maniobra” en los diálogos para entablar relaciones. «El padre Matteo es un hombre bueno», decía Francisco. La historia sacará a la luz los resultados de aquella misión que cumplió en Kiev, Moscú, Washington y Pekín; algunos frutos ya son visibles, como el canal que se abrió para que volvieran a su patria los niños ucranianos llevados a Rusia, y el intercambio de prisioneros. El Papa Francisco era muy consciente de que, visto el estado de las cosas, dada la situación, la Santa Sede sólo podía moverse en un plano humano y humanitario. Por eso había querido hacer algo nuevo y demostrar que la Iglesia, en medio de esta guerra, “estaba presente”. «Espero que hablen todos entre sí», era su deseo. «Parece que no quieren hacerlo. La situación es difícil».
Traducción del italiano de Inés Gímenez Pecci
La Mañana Uruguay-El sueño de China, las dudas sobre Argentina- 15/4/2026






