(Lucio Brunelli). Es una ley no escrita en la historia de la Iglesia, una secuencia casi matemática: después de un Papa dotado de gran capacidad comunicativa, llega siempre un Papa de carácter más reservado y con un estilo más reflexivo. Después del bonachón Papa Juan, el austero Pablo VI; tras los tormentos de Montini, la sonrisa de Luciani; el súper mediático Wojtyla seguido del tímido Ratzinger; y, después del huracán Francisco, el tranquilo León.
El Papa Prevost fue descubierto por los medios internacionales recién en el undécimo mes de su pontificado. Cuando una tarde lluviosa de abril, al salir de Villa Barberini en Castel Gandolfo, se dirigió con paso decidido hacia el grupo de periodistas que lo esperaba bajo los paraguas y, sin ningún tipo de vacilación, declaró que la amenaza de Trump de devolver a Irán a la edad de piedra era sencillamente “Inaceptable”; después añadió que tal vez era hora de que los estadounidenses empezaran a movilizarse, inundando de correos electrónicos a los congresistas para pedir a gritos la paz.
Todo lo que sucedió después, hasta los ataques más recientes, es bien conocido. Baste recordar la cita del rey Enrique II que abría un comentario del Wall Street Journal el pasado 20 de abril: “¿Quién me librará de este cura entrometido?”. El soberano se refería al arzobispo Thomas Becket, asesinado en 1170 por cuatro caballeros del rey en la catedral de Canterbury. “Los sentimientos de Donald Trump podrían ser muy similares a los del rey”, comentaba el prestigioso diario con un toque, sin duda bastante inquietante, de humor negro.
Desde entonces, father Robert Prevost, que pasó a ser Santo Padre el 8 de mayo de 2025, se ha convertido en un líder muy popular en los medios de comunicación. Según las últimas encuestas, mucho más apreciado que Trump. Las revistas y canales de televisión estadounidenses hablan cada vez más de un Catholic moment, relacionando dos fenómenos que en realidad son distintos: el creciente número de conversiones al catolicismo entre los más jóvenes de la generación Z y el enfrentamiento entre León XIV y el inquilino de la Casa Blanca. El muy influyente “60 minutes” de la CBS ha puesto el foco en el quiet revival de la Iglesia católica. Según la revista femenina Evie “el evento que hoy está más de moda en Nueva York es la misa católica”. Y en el New York Times, Christine Emba explica el “renacimiento católico” como fruto de un “hambre de autoridad moral” y una “sed de trascendencia” en una generación perdida en el vacío de la sociedad tecnológica. Reflexiones sorprendentes si se comparan con el sentimiento de declinación y vergüenza que envolvía a la Iglesia católica hace apenas un par de décadas, en pleno escándalo de los abusos sexuales del clero.
Y él, el Papa León XIV, ¿cómo está viviendo este inesperado baño de mediaticidad? Ya ha expresado su educado disgusto hacia quienes hoy leen cada una de sus palabras, incluso aquellas pensadas solo para el olvidado pueblo del continente africano, como un nuevo capítulo de la serie León vs. Donald. Aceptó sin ningún problema la visita del Secretario de Estado Marco Rubio, con la esperanza (pensando también en Cuba), de evitar más sufrimientos a las poblaciones y nuevas “víctimas inocentes”. En resumen, va directo por su camino. Fiel a su estilo sobrio, no está interesado en malgastar sus días en una continua dialéctica con el presidente Trump.
En su primera homilía, el 9 de mayo de 2025, León XIV había asumido un compromiso que él mismo definió como “irrenunciable” para cualquiera que ejerza alguna forma de autoridad en la Iglesia: “Desaparecer para que permanezca Cristo”. Una expresión muy similar a la que otro Papa reservado, Montini, escribió a una persona que le pedía sugerencias sobre una recopilación de textos de su magisterio: “¡Menos Papa y más Cristo!”. Pero también el cardenal Bergoglio, cuando se presentó ante los cardenales reunidos en la víspera del cónclave, el 9 de marzo de 2013, había evocado el mysterium Lunae: la Iglesia, como la Luna, no puede vivir de su propia luz, sino solo de la luz del “Sol de justicia”. Una Iglesia que siempre “vuelve a empezar desde Cristo”, como leemos en los escritos de Prevost (antes de ser Papa) publicados por la Libreria Editrice Vaticana.
Porque al final, piensa León XIV, lo más interesante de todo el cristianismo, incluso para los jóvenes que han crecido en una era postcristiana, es precisamente el misterio de aquel hombre que se proclamó Dios. Como un compatriota del Papa estadounidense, el legendario Cormac McCarthy, contaba en El Pasajero: «A Jesús, cuando lo has visto una vez, lo has visto para siempre. No hay nada más que hablar. Es un sujeto bastante definitivo».






