(Lucio Brunelli). A medida que avanza por los pabellones de la Feria lo recibe un estruendo de aplausos, gritos y cantos. El Papa sonríe y asiente. Cuando ya está cerca del Gran Auditorio, donde lo esperan 20.000 personas, comenta espontáneamente: “¡Los aplausos más fuertes deben ser para Jesucristo, porque todos somos discípulos suyos!”. La única “gloria” que debemos buscar —dirá poco después, cuando lee el texto que ha preparado— “no coincide con la nuestra”.
Todo el discurso que el papa León dirige a la gente del Meeting —un discurso largo, denso, meditado palabra por palabra— es una invitación al testimonio cristiano, a asumir la responsabilidad en el mundo. A ampliar los horizontes con ese espíritu de apertura que forma parte del ADN original del Meeting: “No han hecho del Meeting un enclave; por el contrario este se ha convertido en un punto de confluencia para la Iglesia y para la sociedad”.
León XIV sabe que está hablando al pueblo de Comunión y Liberación, y cita varias veces a don Giussani. No para conquistar simpatías porque no hace falta, dado el entusiasmo con que lo ha recibido la multitud. La primera vez lo cita para recordar hasta qué punto está alejada de la fe en Cristo cualquier forma de evasión de la realidad. “Queridos amigos, la belleza desarmada de este Misterio nos invita a asumir ‘el riesgo de educar’ del que les habló don Giussani”. Es una invitación a sentir pasión por este pobre mundo, donde al amor silencioso de los discípulos de Cristo se contraponen, dice, “las fuerzas ruidosas que sacuden la tierra, el cielo y todas las criaturas”. La segunda vez lo cita cuando habla de la naturaleza del compromiso cristiano en el mundo, que no es proselitismo sino atracción, y que, cuando es auténtico, produce “asombro” y “sorpresa” en quienes se encuentran con los cristianos: “Es la atracción por una forma de estar en el mundo, sobre la que don Giussani preguntaba de manera provocativa: ‘¿Se puede vivir así?'”. Dos citas, dos títulos de los libros más bellos del sacerdote lombardo, cuya causa de beatificación está en curso en Roma.
El Papa repite varias veces que este es el tiempo de una gran responsabilidad histórica, “al servicio de una humanidad que tiene hambre y sed de justicia”. A esa responsabilidad convoca al pueblo de don Giussani: “¡Involúcrense! Ábranse a una verdadera catolicidad, ampliando sus vínculos más allá de cualquier pertenencia demasiado limitada. Que el Movimiento, los grupos y las comunidades sean un trampolín para lanzarse de lleno a toda la realidad. Luchen contra todo aquello que quiera alejarlos de sus hermanos y hermanas de diferentes culturas, sensibilidades y procedencias, sobre todo de los más pobres. Por el contrario, ¡salgan al encuentro de todos!”. Palabras que recuerdan a las de su amado predecesor, Francisco.
Cuando habla del compromiso en el mundo, León XIV no se limita a hacer declaraciones genéricas. Señala contenidos que no son neutros ni políticamente neutrales: “Antes que las fronteras, las definiciones y las instituciones, siempre están las personas. Esta conciencia está en el corazón del cristianismo”. Una referencia nada velada a la mirada diferente que los católicos deberían tener hacia las personas migrantes, que a menudo son objeto de campañas cínicas y propagandísticas de desinformación. Después, formula un juicio tajante sobre la guerra y las políticas mundiales de rearme, que reafirma a pesar de las constantes críticas de “ingenuidad” que ha recibido de intelectuales tanto progresistas como conservadores. “Un falso realismo —afirma— que rearma las mentes, las palabras y las naciones”. Por último, hace un llamado, sereno como siempre en el tono, pero contundente en el contenido, a luchar contra las injusticias estructurales de un sistema económico que la doctrina social de la Iglesia siempre ha cuestionado. Y convoca a una mayor libertad y valentía frente al poder: “Desenmascaremos las relaciones injustas de poder, que son la raíz de la pobreza y las desigualdades, de la guerra y de los desastres medioambientales. Desarmemos el desarrollo tecnológico cuando se vuelve invasivo y destructivo”. Son palabras que no se pueden tomar como una simple fórmula, como si el Papa las pronunciara por el solo hecho de ocupar el cargo y no por una convicción profunda y apasionada.
Solo hace unas pocas referencias, y siempre con gran delicadeza, a las dificultades internas que el movimiento de Comunión y Liberación ha vivido en los últimos años. “Amen y preserven la unidad de la ‘compañía’ —dice— a través de la cual Cristo los alcanzó y los atrae hacia sí”. Incluso los momentos de dificultad, añade el Papa con tono paternal, “pueden ser momentos de gracia y de renacimiento”. Uno de los muchos aplausos que interrumpen su discurso parece sorprenderlo especialmente y conmoverlo. Es cuando invita al pueblo de CL a “amar a la Iglesia” y debe detenerse ante la fuerza y espontaneidad de los aplausos que contagian a todo el auditorio.






