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Palabras desarmadas en un mundo azotado por la guerra

(Lucio Brunelli). Las palabras del Papa sobre la paz son hermosas. ¿Quién no desea la paz en este mundo? Pero, lamentablemente, el mundo no está habitado solo por buenos sentimientos y siempre será necesario recurrir a las armas. Esa objeción que cierto «sentido común» dirige desde hace tiempo a la predicación de los papas contra la guerra tiene la fuerza aparente de lo obvio. Un sentido común que a veces degenera en el cinismo de un comentario de bar y otras se eleva a un discurso comprometido, inspirando a políticos experimentados o a teólogos que se consideran más realistas que el Papa. Y tampoco escapa a esas críticas León XIV, quien ha hecho de su paz «desarmada y desarmante» un lema de su pontificado (que es también el título de un reciente libro de Libreria Editrice Vaticana que recopila sus escritos sobre el tema).

Como suele ocurrir, para ridiculizar al interlocutor primero hay que convertirlo en una caricatura. En nuestro caso, transformar a un papa en un ser desprovisto de sentido práctico, alejado de la realidad, obligado por los deberes de su cargo a repetir fórmulas en las que probablemente él mismo no creería si se quitara las vestiduras pontificias. Convertir la palabra «paz» en un concepto abstracto, en el mejor de los casos utópico, despojándola de la concreción del juicio histórico; en definitiva, desdibujando las razones concretas por las que un papa dice, en un momento determinado, un no claro a la guerra y al rearme. Esta caricatura de los papas no es nueva.

La hemos visto repetirse muchas veces en los últimos cien años. Ocurrió cuando Benedicto XV propuso un plan de paz realista en 1917 para poner fin a la «matanza sin sentido» de la Gran Guerra, y el Corriere della Sera lo acusó de falta de patriotismo. O cuando Juan Pablo II advirtió a Bush, Blair y Aznar que no desestabilizaran aún más Oriente Medio con una guerra basada en pruebas fabricadas en 2003, y periodistas y politólogos influyentes lo tacharon de «pacifista ingenuo». Cómo podríamos olvidarlo.

Una de las críticas que se hacen al papa León sobre el tema de la paz y la guerra es la falta de realismo, la subestimación del mal que mueve a los individuos y que siempre, a lo largo de la historia, los ha llevado a matar y a librar guerras. Resulta curioso que esa crítica se dirija a un Papa discípulo de san Agustín, porque el autor de las Confesiones ciertamente no cerraba los ojos ante la capacidad de hacer el mal inherente a la naturaleza humana. Y resulta paradójico que quien formule dicha crítica sea un teólogo, Vito Mancuso, que afirma no creer en el dogma católico del pecado original.

Creo que ningún papa moderno —desde Benedicto XV hasta León XIV— ha sido tan ingenuo como para pensar que podría detener una guerra o a un agresor con sus palabras desarmadas. Sin embargo, alguien tiene que pronunciarlas ante Dios y ante la conciencia de los hombres, si nadie más lo hace. Alguien tiene que decir que lo ocurrido el 7 de octubre en Israel fue una masacre brutal, pero que en Gaza podía y debía haberse dado una respuesta distinta de otra matanza aún más inmensa y obscena de inocentes. Alguien tenía que calificar de «inaceptable» la amenaza de Trump de aniquilar Irán, devolviéndolo a la Edad de Piedra, aun a costa de enemistarse con el compatriota más poderoso del mundo. Alguien tenía que decir que el principio de la legítima defensa, también a nivel internacional, siempre debe salvaguardarse, pero que hoy el gasto en rearme es desorbitado, y que la búsqueda de una negociación paciente y realista sigue siendo el camino más sensato si se quiere evitar otros cientos de miles de víctimas. Siempre, claro está, que se siga atribuyendo algún valor a la vida humana, incluyendo la de los jóvenes llamados a las armas, ya sean rusos o ucranianos, estadounidenses o iraníes, israelíes o palestinos.

Sin duda, la conciencia de la Iglesia, en la lucha por la paz es distinta de la de cualquier otra institución o fuerza política. Los papas, precisamente porque no subestiman el mal que anida en cada persona, señalan el corazón de todo ser humano y las relaciones más cercanas como el primer lugar donde se empieza a hacer experiencia de una paz verdadera y una fraternidad concreta. Conscientes de que se trata, en primer lugar, de que acontezca una Gracia; una Gracia que hay que pedir, como tal, de rodillas, en oración. Una mirada distinta, humilde y, precisamente, desarmada, que no debilita sino que acrecienta la pasión por la salvación del mundo entero, hoy más que nunca amenazado por el flagelo de la guerra. Final del formulario.

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