(Lucio Brunelli). Fue Pablo VI, en su viaje a Colombia de 1968, quien definió a América Latina como “el continente de la esperanza”. Una definición que le gustó muchísimo a Juan Pablo II. El papa polaco realizó nada menos que 26 viajes apostólicos a América Latina y visitó todos sus países, algunos de ellos en varias oportunidades, como México (cinco veces) y Brasil (cuatro). Esas esperanzas parecían muy razonables. Casi la mitad de los católicos de todo el mundo vivía en el continente, donde las poblaciones indígenas, los colonizadores europeos y los descendientes de esclavos africanos se fusionaron y dieron vida al fenómeno de mestizaje más imponente y fecundo de la historia. La religión católica plasmaba y unificaba los sentimientos de los latinos, más allá de las fronteras de cada nación, y se expresaba en los mil cauces de la religiosidad popular. Era el alma de esa “Patria Grande” que constituía el sueño de los Libertadores del siglo XIX y que hasta nuestros días mantuvieron viva intelectuales de la talla de Alberto Methol Ferré. Esperanza para la Iglesia universal, por tanto, pero también un continente que en las décadas de 1970 y 1980 encendía corazones y pasiones incluso entre los jóvenes occidentales más secularizados, con los mitos revolucionarios del Che Guevara, figuras emblemáticas de obispos de los pobres como Hélder Câmara o monseñor Romero, y la banda sonora de temas conmovedores, impregnados de saudade brasileña o de contagiosos ritmos andinos.
Medio siglo después, ¿qué ha sido del continente de la esperanza? ¿Qué futuro le espera a América Latina? Son preguntas que pocos intelectuales latinoamericanos parecen tener hoy el valor de plantearse. Un silencio ensordecedor que se propone romper Guzmán Carriquiry Lecour, laico uruguayo al servicio de los papas durante 48 años, desde Pablo VI hasta Francisco, y embajador de su país ante el Vaticano en los últimos cinco años de su vida laboral. Durante los años que pasó en Roma, Carriquiry no ha perdido la pasión por el continente que lo vio nacer y no consigue explicarse su triste presente, entre regímenes obsoletos de inspiración comunista, como Cuba y Nicaragua, y la larga serie de gobiernos (Argentina, Chile, Colombia, Perú…) que siguen corrientes políticas norteamericanas, populistas y nacionalistas.
Carriquiry ha publicado un libro cuyo título ya revela la pregunta que guía su reflexión: America latina. Attore globale o periferia marginale? (Marcianus Press, 286 páginas). La obra es un acto de amor y, al mismo tiempo, un grito —”América, ¡despierta!”— dirigido a quienes se preocupan realmente por el destino del continente. Ante el tremendo impacto de la presidencia de Trump y las dramáticas situaciones que América Latina está viviendo, confiesa Carriquiry: “Me sorprende no ver grandes reacciones populares ni movimientos estudiantiles en nuestras calles; me sorprende el silencio de tantos intelectuales, la escasez de escritos serios, provocadores y orientadores, la falta de debates apasionados y rigurosos”.
América Latina se encuentra, en efecto, ante una encrucijada decisiva: “Por un lado —escribe el autor— pesa el renovado intervencionismo de Estados Unidos durante la segunda presidencia de Trump, que relanza la lógica del “destino manifiesto” y actualiza la Doctrina Monroe. En el frente opuesto, China ya es el principal socio comercial de muchos países de la región, con inversiones estratégicas en sectores clave de sus economías”. Un tercer protagonista es la Unión Europea, que mediante acuerdos con el Mercosur, Chile, México y los países centroamericanos busca fortalecer su presencia económica en el continente.
El problema no es con quién alinearse, “sino si América Latina seguirá siendo un espacio donde otros proyectan su propio poder o un actor capaz de convertir su peso estratégico en influencia propia”. El desafío radica en la integración regional, la innovación tecnológica y el crecimiento industrial.
Un papel importante en el despertar del alma del continente, sostiene Carriquiry, puede desempeñarlo la Iglesia católica. Después del extraordinario pontificado del argentino Francisco, que despertó tantas esperanzas en el hemisferio sur del planeta, ahora ocupa la sede de Pedro un papa estadounidense, pero con pasaporte y corazón peruanos. En noviembre emprenderá su primer largo viaje por América Latina, un viaje muy esperado.






