Las iglesias vacías y la imaginación de Dios

“La crisis de las ‘iglesias vacías’ viene de lejos, comienza cuando las iglesias estaban llenas”. Una lectura aguda de un fenómeno que está a la vista de todos. Libre de nostalgias y recriminaciones.

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(Por Lucio Brunelli). La crisis de las “iglesias vacías” viene de lejos, comenzó cuando las iglesias estaban llenas. En la década de 1950, cuando la Plaza de San Pedro no podía contener la multitud desbordante de boinas verdes, un joven sacerdote lombardo decidió abandonar su carrera académica (y eclesiástica) para ir a enseñar religión en un colegio secundario público, el más secularizado de Milán. Conversando con algunos jóvenes durante un viaje en tren, ese sacerdote —se llamaba Luigi Giussani— se dio cuenta hasta qué punto la fe en Cristo se había convertido en un horizonte muy alejado de sus vidas. Algo se estaba atascando en ese mecanismo casi natural a través del cual se había transmitido durante siglos la tradición cristiana de padres a hijos. Estaba naciendo un mundo nuevo, un mundo que por primera vez era “después de Jesús sin Jesús”, para usar una expresión de Charles Péguy. La Iglesia de la década de los Cincuenta era una la Iglesia militante, doctrinalmente sólida, políticamente influyente. Sin embargo, más allá del respeto exterior de formas y convenciones sociales que se mantenía, ya no capturaba los corazones y las mentes de una gran parte de las jóvenes generaciones. Se conservaba la práctica religiosa, pero se conservaba como un andamio sin anclajes sólidos en el suelo. Basta una sacudida para que se venga abajo. El viento del ‘68 arrancó de un plumazo a la Iglesia toda una generación de hijos inquietos. El advenimiento de un nuevo poder consumista “que se mofa del Evangelio” -como profetizaba Pasolini en la década del 70- pareció derretir como nieve al sol, en poco más de una década, todo el entramado popular cristiano, ligado a una Italia rural, que había llevado siglos construir.

Tiene razón Pier Giorgio Gawronski: frente a la magnitud de estos fenómenos, la dialéctica entre “conservadores” y “modernos” parecía y sigue pareciendo algo ridículo, carente de verdadera relevancia fuera de los restringidos círculos de los militantes o de los mundos ficticios de la red (“Iglesias vacías y humanismo integral”, L’Osservatore Romano, 22 de febrero de 2021). A un joven que no sabe y no puede darle a la palabra fe un contenido existencial, poco le interesa si en la Iglesia (que ya no frecuenta después de la Confirmación) ganan los que quieren las misas en latín o los que reclaman el sacerdocio para las mujeres. Le es indiferente. Puede ser, eso sí, que considere a un Papa más o menos simpático, más o menos cercano a la sensibilidad o a las instancias ideales y políticas de cada uno, pero si no tiene ni conocimiento ni experiencia de la fe, el núcleo esencial de las enseñanzas de los Papas: Cristo, muerto y resucitado, salvador de los hombres, seguirá siendo básicamente indescifrable. Podrás gritarle esa verdad a la cara con tono desafiante, o la podrás aguar, reduciéndola a un mero símbolo de renacimiento espiritual, a una “manera de decir” educada, pero ese joven probablemente te seguirá mirando con la misma indiferencia. No una indiferencia mala, ni siquiera hostil;

simplemente como algo que le resulta incomprensible o no tiene nada que ver con su vida, porque, como cantaban en las luminosas iglesias románicas cuando realmente había fe, “Nec lingua valet dicere / Nec littera exprimere / Expertus potest credere / Quid sit Iesum diligere ” (” La lengua no sabe decirlo, / la palabra no sabe expresarlo, / sólo quien lo experimenta puede creer / lo que significa amar a Jesús “).

Expertus potest credere. Pero, ¿dónde se puede hacer esa experiencia? Es cierto que menos del 27 por ciento de los italianos (gracias también a la prolongación de la vida) sigue concurriendo a los templos, pero a menudo, señala Gawronski, en la misa uno tiene la impresión de asistir a un “rito anónimo de fieles anónimos”. Poco se ve una comunidad de amigos, que rezan juntos, que sienten el placer de estar juntos para comer una pizza o disfrutar unas vacaciones, para compartir juicios sobre la realidad y gestos de caridad hacia alguien que está necesitado. Como ocurría en el cristianismo primitivo. Por supuesto, es más fácil ver fragmentos de una comunidad así en las parroquias de las afueras, donde algunos barrios se parecen más a los pueblos del interior que a las iglesias de los centros despoblados de las grandes ciudades, inalcanzables para las parejas más jóvenes. Pero una cosa es segura: ya no basta la buena voluntad – ni mucho menos los viejos o nuevos activismos clericales – para remediar el fenómeno de las iglesias vacías. Hace falta la Gracia, es decir, algo divino que sólo se puede pedir de rodillas y que humanamente se manifiesta como una atracción – delectatio lo llamaba san Agustín – una correspondencia gratificante (y desproporcionada) entre el contenido del anuncio cristiano y las expectativas del corazón y la inteligencia. “La Iglesia se difunde por atracción, no por proselitismo”, nos enseñan en plena concordancia los dos últimos Papas, Benedicto y Francisco. No se trata de reprochar, de protestar o de lamentarse por los malos tiempos, ni de cerrar los ojos fingiendo, en nombre de un fácil irenismo, que no se ve la realidad. Quizás se trate, más humildemente, de rezar, de pedirle a Dios el milagro de que convierta a las comunidades cristianas – vale decir a cada uno de nosotros – en lugares «tan humanos que sean humanamente inexplicables»; hasta el punto de hacer que hasta en los más alejados de la Iglesia nazca un interrogante y un interés espontáneo. Conscientes de que el antiguo régimen de la Cristiandad no se puede revivir, sino que el buen Dios tiene una imaginación sin duda superior a la nuestra y puede inventar – y efectivamente lo hace – nuevas expresiones de vida cristiana dentro de la trama sencilla de la vida cotidiana de la Iglesia. Expresiones quizás menos llamativas pero más sustanciales (como insistía Péguy al decir: “el modo de obrar cristiano es un obrar interior, molecular, histológico, un evento molecular”,) para hacer más fascinante y actual, también en nuestro tiempo, la única historia realmente interesante para el hombre, que ocurrió hace dos mil años en Palestina. (Original en: Lucio Brunelli, L’Osservatore Romano, 10 de abril de 2021)