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La Venezuela de L. E. Marius

Anticipamos el capítulo “Sindicalistas” del libro “Amanecer. Don Giussani en Sudamérica de habla hispana 1973-1987” de próxima publicación. El título «La Venezuela de L. E. Marius», por su parte, tiene como objetivo vincular al personaje del capítulo, sindicalista en aquella época, con la crónica internacional de la intervención estadounidense que concluyó con el secuestro del presidente Maduro. Marius falleció el 3 de octubre de 2014 a los 75 años, tras una vida al servicio de la Central Latinoamericana (CLAT) y de los trabajadores de América Latina.

La imagen de tapa fue tomada a principios de la década de 1980 (probablemente entre 1980 y 1982) en los Países Bajos (Holanda). El evento es una jornada de solidaridad organizada por el movimiento sindical cristiano holandés (CNV – Christelijk Nationaal Vakverbond) en apoyo a los trabajadores latinoamericanos que sufrían bajo dictaduras militares en esa época. En las fotografías de la galería al final del artículo, el sindicalista con Juan Pablo II. En las otras imágenes aparece con Don Giussani (Comunión y Liberación), Chiara Lubich (Movimiento de los Focolares), Kiko Arguello (Camino Neocatecumenal) y el cardenal Roger Etchegaray, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y del Pontificio Consejo “Cor Unum”. La foto de grupo fue tomada al final del X Congreso Latinoamericano de Trabajadores. La última foto de la galería muestra el salón del Meeting de Rimini en 1987 donde Marius intervino.

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(Alver Metalli). Pero, más que Máspero, será su mano derecha, Luis Enrique Marius, quien cultivará la relación con los hombres de Comunión y Liberación hasta implicarse personalmente con el movimiento de don Giussani cuando éste desembarque en su tierra de adopción. Durante años el líder sindical viajará entre Venezuela y Europa con la tarea de representar a la Central latinoamericana ante las instituciones de la UE y recaudar fondos para su sindicato. Las raíces de Marius no son venezolanas, aunque pasa gran parte de su vida en ese país, sino que están en Uruguay, al igual que otros compatriotas que han entrado con fuerza en estas crónicas, como Guzmán Carriquiry y Alberto Methol Ferré.

En Uruguay Marius se involucra desde muy joven en un grupo animado por los padres agustinos de la parroquia de Santa Rita de Casia, en el barrio Punta Gorda de Montevideo. El grupo era conocido por sus siglas, JUSA (Juventud Unida San Agustín), y «probablemente era el más numeroso de los grupos de la pastoral juvenil de Montevideo en la segunda mitad de los años sesenta», considera Héctor Lescano, un hombre que formó parte del mismo desde los comienzos[i].

Eran los años en los que Europa estaba sacudida por las primeras turbulencias de la protesta estudiantil y el Concilio se acercaba a su conclusión provocando las primeras turbulencias en el campo eclesial. Uruguay también despertaba de la larga siesta del apogeo del Estado benefactor, la consolidación de la industria nacional y la formación de una numéricamente pequeña pero dinámica clase media. La llamada “Suiza de América” cada vez lo era menos.

María Isabel Viera se incorporó al grupo cuando ya estaba formado. «Era un momento, alrededor del ‘68, en que se imponía una cierta manera de pensar y la comunidad estaba impregnada de ella», recuerda. «Como otros grupos, por otra parte. Pienso en la Comunidad del Sur, formada por anarquistas, que ya llevaba algunos años y estaba más consolidada que nosotros»[ii]. Desaparecen los viejos líderes políticos, emblemas de una época que está terminando, comienza a surgir la guerrilla de los Tupamaros. En el catolicismo uruguayo -y de otras partes de América Latina- se fueron afianzando formas cada vez más radicales de compromiso social y político en favor de los sectores marginados por el desarrollo. «Desde el principio Quique[iii] había sido el líder del grupo, cuyos miembros provenían casi todos de familias adineradas de la alta burguesía, mientras que él era de una familia obrera», cuenta Héctor Lescano. Su padre, don Eugenio, era un maestro mayor de obras italiano que llegó a Uruguay en la década de 1920, en el momento álgido de la ola migratoria de principios de siglo; su madre doña Yiya, una criolla incansable. Su esposa Elba era su “cable a tierra”, cuenta Lescano, que fue testigo de la boda de Marius. Una mujer «que equilibraba los impulsos a veces irrefrenables de su marido con su carácter maternal y su dulzura».

A fines de 1968 algunos amigos del grupo deciden vivir juntos. Forman una especie de “comuna” cristiana que toma el nombre de “Comunidad Mensaje”. «Queríamos transmitir a la sociedad el testimonio de una vida sencilla y solidaria como la de los discípulos del Señor y nos pareció que este nombre expresaba ese propósito», explica Lescano. «Considerábamos que la esencia del Evangelio era el compromiso preferencial por los pobres y en aquellos años -aunque también debería serlo ahora- esa opción era el corazón del mensaje que queríamos comunicar».

La sede de la precursora fraternidad es la casa del joven Luis Enrique y su esposa Elba, construida por su padre Eugenio que vive en el segundo piso con su madre y su hermano menor Jorge, aunque este también formaba parte de la Comunidad Mensaje. «Todos éramos militantes de la Democracia Cristiana», cuenta Lescano, y vuelve con la memoria a la fundación del partido en 1962[iv]. «Tenía una inspiración humanista y cristiana y el programa político apuntaba a provocar esos cambios estructurales que Uruguay necesitaba para crecer en calidad democrática, justicia social y derechos inclusivos y no discriminatorios».

En Marius la vocación sindical es precoz. «Era el único de la comunidad que tenía un trabajo externo como empleado de una fábrica textil», señala Lescano. Allí funda el Sindicato de Empleados Administrativos, parte del poderoso Congreso de Obreros Textiles (COT). Son años importantes para la vida de Marius y para su futuro compromiso como dirigente sindical ya que durante más de una década[v] estuvo involucrado en la Convención Nacional de Trabajadores de Uruguay. Una verdadera escuela social –así la considera él mismo- que lo pone en contacto con la realidad de los trabajadores, sus reivindicaciones, los métodos de lucha y también las debilidades del movimiento sindical que debe representarlos. La Convención será asimismo un trampolín hacia el exterior porque en esa época conoce a importantes figuras de la clase política dirigente latinoamericana e internacional, con las que entabla relaciones: los venezolanos Luis Herrera Campins, quien asume la presidencia de Venezuela pocos años después (1979-1984) y Dagoberto González, secretario sindical nacional del Partido Social Cristiano; el brasileño André Franco Montoro, ex ministro de Trabajo en el gobierno de Tancredo Neves; el dirigente sindical argentino Carlos Custer; también los europeos Martin Schulz, Amintore Fanfani y Mariano Rumor, figuras destacadas del área demócrata-cristiana de los años ‘90 y, más tarde, el líder de Solidarność Lech Walesa, hasta la estrecha relación con Juan Pablo II, a quien Marius llamaba confidencialmente “el Polo”, el Polaco.

La Comunidad Mensaje cumplirá su ciclo y emprenderá el camino del declive. Los miembros tomarán caminos diferentes, algunos se irán de Uruguay y la comunidad se disolverá. Para Marius se está preparando un futuro como sindicalista en Venezuela. Viaja varias veces a Caracas para asistir a congresos y otras actividades formales relacionadas con su compromiso sindical. «Era un gran orador que podía desarrollar temas complicados con fluidez y una sólida argumentación, cualidades que sin duda le valieron el liderazgo en el CLAT de Emilio Máspero», comenta Lescano. Le asignan tareas delicadas, de representación internacional y de recaudación de fondos para la ejecución de proyectos en favor de los trabajadores.

El buen desempeño lo impulsa hacia la cima.

En 1977, cuando todavía no ha cumplido los cuarenta años, es elegido miembro del Buró político de la Central Sindical, cargo que ocupa durante cinco mandatos consecutivos, hasta 2002[vi]. Las funciones y responsabilidades se multiplican. Los que están cerca de él en esos años le oyen a menudo exhortar a sus compañeros a «anteponer el gesto a las palabras, hacer las cosas que pensamos y sentimos antes de publicitarlas». Para Luis Enrique Marius, América Latina es el continente más injusto del planeta en términos de distribución de la riqueza, con un gigantesco nivel de exclusión social y marginación. Pero él considera que «la crisis también es cultural, y se refleja en la esfera política como una pérdida de identidad de las clases dirigentes»[vii]. Está convencido de que «no se puede hablar de desarrollo sin un proceso de recuperación de la identidad cultural latinoamericana, impregnada desde sus orígenes por el pensamiento humanista cristiano, especialmente la Doctrina Social de la Iglesia».

Puebla y el pontificado de Juan Pablo II son un punto de inflexión en su trayectoria humana y profesional. Durante el tiempo de preparación de la Conferencia, en enero y febrero de 1979, se tienden las antenas de Marius y de la CLAT. La revolución sandinista en Nicaragua, el asesinato de Monseñor Romero en El Salvador, las dictaduras que se van imponiendo en el sur del continente, confirman la vocación anticapitalista y anti totalitaria de la CLAT. Marius mantiene relaciones con figuras importantes del catolicismo latinoamericano[viii]. Con algunos de ellos organiza dos Conferencias sobre “Movimiento sindical, Iglesia y trabajadores” que tienen gran repercusión. Se realizan en la sede de la Universidad de los Trabajadores de Caracas –promovida, como ya hemos visto, por Emilio Máspero- y cuentan con una amplia participación de obispos, sacerdotes y dirigentes sindicales provenientes de prácticamente todos los países latinoamericanos, sin olvidar la delegación hispana de Estados Unidos. Se fortalece el rol de Marius como punto de enlace entre el sindicalismo, la jerarquía católica en América Latina y el Vaticano. Prueba de ello es «la frecuencia, cercanía e intensidad de las relaciones personales con el Santo Padre y con su entorno; la participación en actividades pontificias relacionadas con las responsabilidades de los laicos y el mundo del trabajo; la sintonía cultural con encíclicas como Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis; las relaciones con el movimiento polaco Solidarność; los reconocimientos y premios que se le conceden incluso en el ámbito pontificio»[ix].

Marius se encuentra con Juan Pablo II en 22 oportunidades. Él mismo lo recuerda en un Happening en Caracas en mayo de 2011, con Pietro Parolin a su lado, entonces nuncio en Venezuela[x]. Es memorable para el dirigente sindical la última visita a Juan Pablo II a fines de 2003. «Mi madre había fallecido poco antes y el Papa la había conocido en los años noventa, cuando mi padre se reunió con él por primera vez», cuenta su hijo Alejandro. «En esa última visita, la última porque Juan Pablo II murió al año siguiente ya con fama de santidad -contaba mi padre con ojos emocionados- el Papa le preguntó cómo estaba su familia, y cuando supo que su esposa Elba había fallecido le dijo: “Sí, sí, sí, la recuerdo” y la describió, con cabello blanco y ojos azules, luego le dijo “no te preocupes que está bien”. A nivel personal, fue el encuentro que le produjo mayor impresión».

En octubre de 1987 el sindicalista es convocado como auditor al Sínodo mundial de los Obispos dedicado a “La misión de los Laicos”[xi]. Dos días antes, el secretario de Juan Pablo II, Stanisław Dziwisz, le hace saber que el Papa desea verlo durante la pausa para el café. Entre los relatores del Sínodo se encuentra también don Giussani, invitado como auditor, y al margen de los trabajos el dirigente sindical coincide con él.

Su encuentro con Comunión y Liberación fue a fines de 1980, cuando conoció a un sacerdote de ese movimiento que visitaba asiduamente al cardenal Wojtyla en Polonia, antes de que fuera elegido Papa. «Siempre hablaba sobre ese gran viajero y misionero que fue el padre Francesco Ricci y las veces que estuvo con él en Italia, Uruguay, Argentina y otros lugares de Europa y América Latina», cuenta su hijo Alejandro, quien recuerda su primer viaje a Italia con su padre sindicalista. «En febrero-marzo de 1994 aproveché una de sus misiones en Europa y lo acompañé a Bélgica, Francia, Alemania e Italia. Mientras él cumplía sus compromisos, me alojé en Roma en la casa de Guzmán Carriquiry, un amigo suyo. Cuando volvió papá, fuimos a visitar a Juan Pablo II. Entonces pude ver la gran familiaridad que tenía con el Papa. Después estuve en Milán y allí conocí personas de Comunión y Liberación». Marius padre lo alienta a seguir en contacto con ellos. «Siempre nos animó a sus hijos a seguir a Giussani y a participar en el Movimiento, no como quien da permiso y nada más, sino como quien se alegra sinceramente de que sus hijos participen en una historia cristiana» confirma Alejandro, que hoy es uno de los responsables del movimiento en Venezuela. «Mi padre hablaba de Giussani como un hombre apasionado por cada persona y al mismo tiempo con una gran capacidad para entrar en todos los temas de la vida. Y para él, un sindicalista, era fascinante que existiera un hombre así, que hubiera dado origen a un movimiento que juzgaba todo. Pero no de manera pietista sino racional, teniendo en cuenta todos los factores».

Marius participa de momentos característicos de la vida de Comunión y Liberación en Venezuela. «Tenía una resistencia última a seguir a los responsables, pero se consideraba parte del movimiento a todos los efectos», reconoce su hijo. «Decía que el carisma de Giussani es una lámpara que ilumina todo lo que alcanza».

La relación del dirigente sindical con CL tiene repercusiones en la misma CLAT. Alejandro Marius recuerda que en una oportunidad, invitados por la UTAL -la Universidad de los trabajadores que respondía a la central sindical-, viajaron a Caracas Giancarlo Cesana, responsable de Comunión y Liberación en Italia, y Mario Saporiti, encargado de las publicaciones del movimiento. «En ese viaje pensaron en crear una editorial para América Latina con sede en Caracas, apoyada por la CLAT. Al final la editorial no se concretó, pero papá siempre le abrió las puertas al movimiento». Lo hizo cuando llegó el sacerdote italiano Leonardo Grasso a Venezuela en 1993 y también cuando se produjo la tragedia de las inundaciones en el Estado de Vargas, en diciembre de 1999, que mató a miles de personas. «La CLAT puso entonces una oficina a disposición del AVSI, una ONG de Comunión y Liberación, y después ofreció una casa para los encuentros de CL en Caracas».

Un amigo de los comienzos, Nazario Vivero, relata cuánto incidió el encuentro con Comunión y Liberación en la vida del dirigente sindical[xii]. «Me atrevo a decir que el contacto personal, el conocimiento de los ideales y la obra “pública” de don Giussani y del movimiento, provocaron una “metanoia” en la comprensión del compromiso de Luis Enrique Marius en y con el mundo del trabajo». Vivero -que es padrino de bautismo de uno de los hijos de Marius, Leonardo, y su profesor en el seminario- señala dos direcciones de este cambio: «la relacionada con una experiencia más personal, y la relacionada con su militancia sociopolítica, a la que dará una perspectiva más amplia, en sintonía con la Evangelii nuntiandi de san Pablo VI»[xiii].

El sindicalista visita el Meeting di Rimini en 1984 y participa en una mesa redonda con Robi Ronza, uno de los primeros colaboradores del evento de Comunión y Liberación[xiv]. Allí pronuncia un discurso apasionado, en buen italiano, en homenaje al público que lo está escuchando y a sus propios orígenes familiares. Habla con valentía del descubrimiento y conquista del continente, de las invasiones externas y la gran mezcla de pueblos a la que dieron lugar. Hasta las corrientes migratorias de fines del siglo XIX, principalmente europeas, que a lo largo de los años llevarán al nuevo mundo veinte millones de personas, «en busca de mejores condiciones económicas, que Europa no estaba en condiciones de ofrecer a las grandes masas de trabajadores obligados a pasar de la producción agrícola a la industrial»[xv]. Palabras desconocidas incluso para el público predominantemente de Comunión y Liberación que lo escucha. Participa igualmente en un momento importante en la vida de los miembros del movimiento, los ejercicios anuales de la Fraternidad predicados por don Giussani, que también se realizaron en Rímini. Marius es uno de los fundadores del Centro de estudios y solidaridad con América Latina (CESAL) y colabora activamente con la revista Incontri[xvi], circunstancias que veremos posteriormente en estas notas.

Dedica la última parte de su vida a una institución que él mismo funda en 2005[xvii], convencido de que un desarrollo integral de América Latina pasa por una combinación simultánea de identidad-desarrollo-integración. Marius describe su criatura con estas palabras: «No es un movimiento de masas, pero está inmerso en las problemáticas sociales; no es un partido político, pero se ocupa de política; no es un lobby de hombres de negocios, pero se ocupa de economía; no está formado sólo por líderes sociales, pero se involucra en cuestiones sociales; no reúne a profesionales de la ecología, pero se ocupa del medio ambiente». Es el punto culminante que coronará su trayectoria[xviii]. «Creo que estructuró el CELADIC a partir de dos “motivaciones-circunstancias”» dice Nazario Vivero, quien lo sucede a su muerte. «Una “negativa”, la desaparición de Emilio Máspero en el año 2000. Marius, que hubiera sido el intérprete más idóneo y acorde con el pensamiento del difunto líder, no fue elegido para sucederlo. Una segunda, “positiva”: la intuición de que después de tantos altibajos y no pocas contradicciones, la perspectiva de una mayor justicia, una mejor democracia y una identidad renovada de América Latina se basan en un desarrollo integral, una verdadera integración y una comunidad de naciones»[xix].

Un cáncer de hígado puso fin a la vida de Luis Enrique Marius el 3 de octubre de 2014 a los 75 años. «Fue todo muy rápido. Durante dos meses estuvo entrando y saliendo de la clínica, con mucho sufrimiento las últimas semanas, cuando ni siquiera la morfina era suficiente para aliviar el dolor. Yo estaba con él cuando el médico le dijo que ya no había nada más que hacer y que era cuestión de días, pero en ese momento no estaba consciente. Cuando se despertó preguntó por el médico, porque sabía que debía pasar por la sala, y yo tuve que explicarle todo».

Con emoción, su hijo Alejandro relata los últimos momentos a la cabecera de su padre. «Pidió que pusiéramos música en la habitación y repitió la frase de Alberto Hurtado, que en cierto modo fue el inspirador de la CLAT. “Contento, Señor, contento”. En ese momento la música de fondo era la canción Nessun dorma de Pavarotti. Él también intentó cantarla». «Cuando murió estábamos todos a su alrededor, mis hermanos[xx] -Leonardo celebró la misa- mis hijas, Andrea con su marido y Nazario Vivero, su gran amigo. Fue una despedida dolorosa, pero muy consciente de a dónde iba»[xxi].

(Traducción del italiano por Inés Giménez Pecci)

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[i] El diálogo entre Héctor Lescano y el autor, citado en este capítulo, es el resultado de un intercambio de correos electrónicos que tuvo lugar entre el 11 de marzo y el 11 de mayo de 2022. El entrevistado reside en Montevideo, Uruguay.

[ii] El testimonio fue enviado al autor desde Montevideo, Uruguay, el 1 de abril de 2022.

[iii] Diminutivo de Luis Enrique Marius que usaban sus amigos.

[iv] Partido Demócrata Cristiano de Uruguay (PDC). Actualmente forma parte de la coalición política denominada Frente Amplio.

[v] 1966-1977.

[vi] Su vida como sindicalista lo llevó a participar en diversos organismos: la Universidad de los Trabajadores de América Latina, la Comisión Latinoamericana por los Derechos y Libertades de los Trabajadores y los Pueblos, la Confederación Mundial del Trabajo. Desde 1982 hasta 2004 también representó a la CLAT en las Asambleas Generales de la Organización Internacional del Trabajo. Desde 1977 hasta 2004 dirigió el Instituto Latinoamericano de Cooperación y Desarrollo, una fundación que promueve y coordina el apoyo solidario a las organizaciones de trabajadores en América Latina.

[vii] Lo describe como un «neopragmatismo que aniquila la dignidad de la persona y la ética». Los políticos -acusa- en vez de proponer un proyecto de desarrollo utilizan el marketing electoral, cuyo único objetivo «es ganar votos, sintonizar con las aspiraciones de nuestros pueblos de forma instrumental, sin voluntad de satisfacerlas». Para Marius, estamos ante «una pérdida de identidad de la clase política dirigente, que se refleja en la falta de propuestas en el ejercicio del gobierno». Nadie -lamenta el sindicalista- «puede garantizar lo que hará un gobernante más allá de las promesas electorales».

[viii] Mons. Pérez Morales en Venezuela, Oscar Rodríguez Maradiaga en Honduras, Dom Ivo Lorscheiter en Brasil, Sergio Contreras en Argentina, Fernando Ariztía y Pierre Bigo en Chile, Enrique Castillo en México, Luis Meyer en Paraguay y, por supuesto, el uruguayo Alberto Methol Ferré.

[ix] Los principales interlocutores en el Vaticano fueron el Card. Roger Etchegaray, prefecto de la Comisión vaticana Iustitia et Pax, y Mons. Stanislaw Dziwisz, secretario particular de Juan Pablo II.

[x] Los enumera con minuciosidad: «El 22 de marzo de 1982, junto con seis dirigentes de la Central de Trabajadores de América Latina en su biblioteca. El 28 de agosto de 1987, en Castelgandolfo, con la hermosa vista de los jardines, me dijo: “Tú me recuerdas tres cosas para mí muy queridas: cuando en mi juventud tuve que trabajar en las canteras de Solvay y me enriquecí con la natural solidaridad de los trabajadores que provienen del continente de la esperanza, mayoritariamente católico, y expresan esa hermosa síntesis cultural mestiza que hermana a todos los latinoamericanos”. En octubre de 1987 fui invitado como auditor al Sínodo de los Obispos sobre la “Misión de los Laicos” y se me pidió una ponencia sobre “El Laico en el Mundo del Trabajo”. Dos días antes, su secretario, hoy el cardenal Dziwisz, me pidió ver al Santo Padre durante la pausa del café. Con la sonrisa de siempre, me dijo “¡¡¡coraggio!!!, non avete paura… coraje, no tengas miedo por favor, en tu ponencia ayúdanos a superar tantos años de distancia con el movimiento de los trabajadores”. Me sorprendió y me obligó a modificar la intervención que tenía preparada y a cambiar muchas cosas. El 15 de mayo de 1991 se conmemoró el centenario de la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII con un acto solemne en el aula del Sínodo. Antes del mensaje de Su Santidad, y junto con un académico, un empresario y el primer ministro de Polonia, fui invitado a expresar la visión de un dirigente de trabajadores de latinoamérica sobre esta histórica encíclica. En ese mismo acto, me atreví a solicitarle a Su Santidad la beatificación del padre chileno Alberto Hurtado, inspirador de nuestra organización de trabajadores. En octubre de 1995, una delegación de dirigentes obreros fuimos invitados a la beatificación del hoy santo Alberto Hurtado. Sentados a la derecha del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, finalizada la ceremonia y rompiendo (como lo hacía tan a menudo) todo protocolo, inició un diálogo de casi media hora sobre América Latina, sus desafíos y nuestra responsabilidad. Mas aun cuando hacía unos días habíamos concluido un estudio que demostraba que durante 3 décadas, el 83,7% de los presidentes de 18 países latinoamericanos – donde se verificaban (igual que hoy) los índices de mayor injusticia distributiva del planeta – se definían públicamente como católicos y/o egresados de universidades católicas. En octubre de 1992 estuvimos con él en Santo Domingo, durante la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Una vez más hizo referencia en su mensaje inicial a “la hermosa síntesis cultural mestiza que os identifica…”. En unos pocos minutos que me regaló, y con su sonrisa de siempre, me recordó la necesidad de rememorar y profundizar las raíces de esa síntesis cultural mestiza que, ambos coincidíamos, era la confluencia de lo mejor que nos legaron nuestros pueblos originarios. A finales de octubre del año 2003 estuve con él por última vez».

[xi] Dicta una conferencia sobre “Los laicos en el mundo del trabajo”. Citada en la Ponencia en Homenaje al Beato Juan Pablo II, 11 de mayo de 2011, Salón de Actos del Instituto Teológico Pastoral de Caracas, Venezuela.

[xii] Nazario Vivero conoció a Marius en 1978, poco después de su llegada a el Departamento Ejecutivo de la CLAT. Años después, 1987-92, comenzó a colaborar con él en el Departamento Internacional como responsable de un proyecto de cooperación de la Organización Internacional del Trabajo con la CLAT para la educación de los trabajadores.

[xiii] El diálogo con Nazario Vivero sobre Marius fue recogido por el autor mediante un intercambio de correos electrónicos que comenzó el 30 de abril de 2022.

[xiv] El título de la conferencia de Marius fue: “América Latina: mito, tierra de exilio, campo de experimentación o continente de la esperanza”.

[xv] La parte central de su intervención está dedicada al rol de los inmigrantes europeos en el nacimiento y las primeras etapas de la organización de los trabajadores en América Latina. Allí hace notar que estas primeras organizaciones de trabajadores nacen en los mismos países donde se concentró la emigración europea (Argentina, Uruguay, Cuba, Brasil) y en núcleos básicamente de artesanos (tipógrafos, ebanistas, carpinteros, panaderos). Un pasaje importante de su intervención en el Meeting lo dedica al nacimiento del movimiento sindical latinoamericano, influido también por el movimiento obrero europeo en sus componentes anarcosindicalista, socialista utópico y marxista, y por el cooperativismo cristiano. Marius denunció con palabras fuertes el despojo de los recursos del continente por parte de las potencias coloniales e imperialistas.

[xvi] Encuentro es también el nombre de una revista en la que Marius participó durante sus años en Uruguay. La propiedad era de una histórica comunidad cristiana con una fuerte connotación ideológica anárquica llamada Comunidad del Sur. Lescano, compatriota y amigo de Marius, señala que sus temas fundamentales eran «el compromiso cristiano, la opción preferencial por los pobres, el valor de los espacios ecuménicos y pluralistas y la economía humana. Recuerdo los comentarios sobre el legado de Maritain y Lebret, que han dejado una profunda huella en Uruguay hasta el día de hoy».

[xvii] Centro Latinoamericano para el Desarrollo, la Integración y Cooperación, CELADIC.

[xviii] Dirige el CELADIC hasta su muerte en octubre de 2014. Bajo su conducción, el Centro latinoamericano para el Desarrollo, la Integración y Cooperación publicó la revista Aportes, 24 números entre enero de 2006 y marzo de 2015. El último número, inmediatamente posterior a la muerte del líder sindical, compila una colección de sus artículos. CELADIC también publica las revistas Estudios, de cuatro números, y Referencias para el camino, 13 números entre septiembre de 2010 y agosto de 2014.

[xix] La concepción de la que se habla se refleja en la composición latinoamericana de la conducción del CELADIC, del que forman parte -por nombrar algunos- al cardenal Oscar Rodríguez de Maradiaga, de Honduras, y el obispo hispano-cubano con sede en Panamá, Pablo Varela; colaboradores cercanos como el pastor luterano Ramiro Arroyo, de Ecuador; su antiguo compañero sindical, el fallecido Carlos Navarro, venezolano; su antigua compañera en el sector administrativo de la CLAT, la peruana Yolanda Cáceres; su “alter ego” en las actividades sociales, el uruguayo Rubén Casavalle; el diplomático nicaragüense José “Chepe” Dávila; y un núcleo de profesionales y académicos argentinos, chilenos, paraguayos, guatemaltecos y panameños.

[xx] Alejandro es ingeniero y trabajó durante 15 años en empresas transnacionales de telecomunicaciones, abandonó en 2009 para fundar la ONG Trabajo y Persona; Leonardo, sacerdote, trabaja en la universidad y Leticia es antropóloga y profesora universitaria.

[xxi] El testimonio de Alejandro Marius sobre la muerte de su padre fue escrito a pedido del autor el 27 de marzo de 2022 en Caracas, Venezuela, donde vive actualmente.

 

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