(Lucio Brunelli). “Un papa está sano hasta que se muere”. Era la máxima que, acompañada de una sonrisa, solían repetir los monseñores de edad avanzada de la Curia hasta hace algunas décadas. Pero los silencios y los secretos en torno a la salud de los papas quizá podían mantenerse en otros tiempos, cuando no había diarios ni televisión. La historia de los últimos setenta años, desde Pío XII en adelante, enseña, en cambio, que la falta de información transparente alimenta un sinfín de rumores en la prensa y la búsqueda, a veces desagradables, de noticias exclusivas. El caso más macabro fue la publicación, en 1958, de fotografías de Pío XII agonizante, que el médico personal del papa Pacelli entregó a la prensa a cambio de dinero.
En la Iglesia se pensaba que compartir públicamente con los fieles el estado de salud de un papa suponía una falta de discreción hacia él y menoscababa el carácter sagrado de la figura del Sucesor de Pedro, quizás porque la hacía “demasiado humana”. Incluso Juan XXIII, un papa afable y de comunicación directa, tuvo que someterse de alguna manera a esta ley no escrita. Ya el 28 de octubre de 1962, Roncalli anotó en su diario los primeros síntomas de la enfermedad, un tumor de estómago que le causaría la muerte. Sin embargo, solo unos días antes de su fallecimiento, el 3 de junio de 1963, el Vaticano informó al mundo que su estado de salud había empeorado a través de varios partes médicos oficiales.
En aquel momento la hospitalización todavía era un tabú. Un papa no podía ir a parar, como cualquier mortal, a una habitación de hospital. Cuando Pablo VI, un papa culto y moderno, debió ser intervenido por una hipertrofia prostática, hoy considerada una afección común, los médicos se vieron obligados a habilitar un quirófano dentro del Palacio Apostólico. En 1967, un diario romano anunció en exclusiva los preparativos para la cirugía.
En lo que respecta a la salud de los papas, la muerte repentina de Juan Pablo I no fue precisamente un ejemplo de comunicación transparente. También contribuyeron a alimentar los rumores sobre un posible envenenamiento las pequeñas e inútiles mentiras que acompañaron las primeras declaraciones oficiales. Se dijo que uno de los secretarios de Luciani había sido el primero que descubrió el cuerpo del papa. Más tarde debieron admitir que había sido una religiosa quien había entrado primero en la habitación del pontífice. La decisión de no practicar una autopsia dejó luego dudas, entre los más escépticos, sobre las verdaderas causas de su muerte.
Ni Juan XXIII ni Pablo VI anunciaron personalmente al mundo los tratamientos médicos a los que iban a someterse. Montini recién habló públicamente del asunto después de la operación, para tranquilizar a los fieles y agradecerles su cercanía. Todo cambió con la elección de Karol Wojtyła. Las graves heridas que sufrió en el atentado del 13 de mayo de 1981 no podían tratarse a escondidas dentro de los palacios pontificios. Juan Pablo II corría peligro de muerte y era urgente realizar una intervención quirúrgica. La hospitalización en el Policlínico Gemelli resultó imprescindible. En esas dramáticas circunstancias nació un vínculo profundo y duradero con el Gemelli. Wojtyła lo llamó el “Vaticano III”, después de la Basílica de San Pedro y de la residencia de verano de Castel Gandolfo. Y, en efecto, pasó allí como paciente nada menos que 153 días, repartidos en nueve hospitalizaciones.
Juan Pablo II fue también el primer papa de la historia que anunció públicamente que ingresaría en el hospital. En el ángelus del 12 de julio de 1992, comentó que esa misma noche sería trasladado al Gemelli para someterse a “algunos estudios diagnósticos”. A diferencia de lo que comunicó ayer León XIV, no especificó la naturaleza de la enfermedad. Sin embargo, tres días después, el 15 de julio, se informó a los periodistas de que el papa había sido operado para extirparle un tumor benigno en el colon. Así comenzó una glasnost sanitaria que algunos cardenales de la Curia juzgaban excesiva, mientras que ciertos medios de comunicación seguían considerándola demasiado cautelosa. Pasó algún tiempo antes de que el Vaticano confirmara el diagnóstico de Parkinson que aquejaba al pontífice. “Cuando quiero saber cómo está mi salud, leo los periódicos”, bromeaba el papa Wojtyła.
Benedicto XVI nunca fue hospitalizado como paciente en el Gemelli. No lo necesitó, en parte porque, cuando sintió que sus fuerzas físicas ya no le permitían soportar el peso del pontificado, decidió renunciar, y lo hizo de la manera más extraordinariamente transparente que cabía imaginar. Aunque rechazó cualquier espectacularización del sufrimiento, el papa Francisco también mantuvo siempre informados a los fieles sobre cada paso que se disponía a dar para cuidar su salud, comenzando por su primera hospitalización, en julio de 2021, para someterse a una cirugía de colon. El papa León, con su estilo sobrio y sereno, parece seguir los pasos de sus predecesores inmediatos. (En la foto de Vatican Media, el Ángelus del domingo 11 de octubre, en el que León XIII anuncia su internación).






