Publicamos la introducción al libro Amanece. Don Giussani y los inicios de Comunión y Liberación en América del Sur: 1973-1987, recientemente publicado por la editorial Biblos. El libro puede encargarse en librerías o directamente a la editorial. Próximamente estará disponible también en edición e-book, que podrá descargarse en las principales plataformas editoriales.
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(Aníbal Fornari, Profesor de Filosofía en la Universidad Católica de Santa Fe e investigador del CONICET). Ningún nacimiento es repentino. Se va gestando de modo silencioso y, por momentos, exclamativo. Y cuando una vida nace es un hecho, un comienzo, un acontecimiento rotundo y gratuito, imprevisiblemente contenido en la trama paterna de la gestación. También es dramático, porque es personal, y, cuando es un hallazgo filial, se ratifica dando comienzo a una historia.
Este libro se refiere, en dos partes, a catorce años de visitas y encuentros de Luigi Giussani —fundador del movimiento Comunión y Liberación (CL)— en América Latina, en principio, la de habla hispana. Sea de modo directo o mediato, la pasión misionera de Giussani –sobre cuya impronta volveré más adelante– no concibe esta aventura en soledad, sino en una compañía consanguínea, coextendida en el carisma –cuya historia se expone a lo largo de las dos partes del libro– con el padre Francesco Ricci, a quien Giussani invoca como “el primero y más grande compañero de camino”.
El libro, fruto de un inmenso trabajo, se propone reconstruir, con lealtad interpretativa y el mayor rigor documental posible, una trama en buena parte inédita de encuentros personales y grupales que permitieron el descubrimiento de personalidades latinoamericanas de los ámbitos eclesial, cultural, social y político. A partir de esos contactos se sucedieron visitas e intercambios con CL-Italia y, en algunos casos, se consolidó una profunda amistad forjada en la colaboración.
El desarrollo histórico-narrativo de la primera parte (1973-1984) está dedicado al impulso que llevó a Giussani a hacerse personalmente presente en la entonces convulsionada América Latina, en una etapa eclesial posconciliar marcada por la intensa búsqueda de una renovación evangelizadora históricamente encarnada. Ese camino se plasmó en comunión con el Papa a través de las conferencias episcopales de Medellín (1968), junto a san Pablo VI y su profética Evangelii Nuntiandi —en cuyo contexto había nacido la revista cultural latinoamericana Víspera (1967-1974)—, y posteriormente de Puebla (1979), bajo el impulso inaugural de san Juan Pablo II y su fulgurante Redemptor Hominis, en un proceso que culminó en el centrado, equilibrado y esperanzador documento de Puebla.
De Juan Pablo II escuchamos por primera vez, y con sorpresa, junto con un grupo de estudiantes universitarios amigos, el entonces inexplicable nombre de “Comunión” y “Liberación”. ¡Qué contradicción! Ante la integralidad doctrinal e histórico-cultural del Documento de Puebla, surgía espontáneamente una exclamación personal y una pregunta existencial y educativa: ¡qué bueno sería estudiar Puebla con ellos! ¿Y cómo se puede hacer la propuesta de vivir todo esto a fin de que no quede reducido a una nostálgica y fría doctrina?
En este libro se jalonan nombres fundamentales, encuentros procurados y casuales, sin los cuales no habríamos podido acceder al significado decisivo de aquel nombre que nos intrigaba e interrogaba (CL), ni encontrar una respuesta persuasiva a esa pregunta.
La admiración intelectual por Alberto Methol Ferré nos venía de los artículos que escribía en Víspera, una revista de cabecera dirigida por él mismo, en contrapunto con el énfasis socio-teológico del padre Gustavo Gutiérrez, que acababa de acuñar la “teología de la liberación”. Al mismo tiempo comenzaban, desde el inicio de los 70, los congresos abiertos en las Sierras de Córdoba y en la Casa Universitaria de los Jesuitas en San Miguel (Buenos Aires) donde encontrábamos a Methol Ferré, así como nuestras reuniones periódicas sobre filosofía latinoamericana de la cultura y de la liberación, que tenían como protagonistas a amigos señeros como Enrique Dussel, en su primera versión, y Juan Carlos Scannone. De Methol Ferré algunos recibimos razones contundentes contra cualquier presunción liberadora mediante la estrategia de la violencia política y el ocultamiento de nuestra historia religiosa y cultural. Entre 1978 y 1983 invitamos a Methol todos los años en octubre a dictar cursos abiertos sobre América Latina en el Colegio Mayor Universitario de Santa Fe, en el que participaban universitarios, profesionales, sindicalistas y políticos. Su presencia y su magisterio fueron consolidando una creciente amistad con él y entre nosotros, y nos llevaron a asumir con otros amigos del continente (Carriquiry, Gera, Vignolo, Meyer, Morandé, Allende, Lima Vaz, Piñón, entre otros) la responsabilidad editorial y la publicación de artículos en la naciente revista Nexo. Desde el Colegio Mayor, gestionado por estudiantes, Santa Fe se convirtió, según un informe de Methol, en la ciudad latinoamericana con mayor número de suscripciones a Nexo. Pero se requería un camino humano totalizante y existencialmente persuasivo, abierto a todos los que intuyen la pregunta existencial: ¿cómo se puede vivir esto, ante las perentorias exigencias de sentido inherentes al deseo de ser, de vivir, especialmente de los jóvenes universitarios? Ofrezco ahora un fragmento del detallado e instructivo escenario histórico de encuentros, acontecimientos y trayectorias que de pronto se vinculan, todos ellos referidos con amplitud y precisión en este libro de Alver Metalli y su fiel compañía colaboradora.
¿Por qué hago este puntual recorrido? Porque el entramado de este vasto relato es, para mí, el sentimiento de la vida como búsqueda de lo esencial a través de alguien, de una amistad que proponga, vivo, lo esencial. Algo que salve el deseo de ser y el esfuerzo por existir inherentes a la inquietud humana en su soledad, sus límites y sus desvíos. Con vistas a un nuevo hallazgo del hecho cristiano en un camino eclesial persuasivo y realista para gente común que ama la vida, un camino que responda a lo que la mente y el deseo piden: ser involucrados en una propuesta que tenga en cuenta, sin forzar ni negar nada, todos los factores de la vida, sin segmentarla, y, al mismo tiempo, cargada de un atractivo duradero. Algo así como un sucederse de destellos y anticipos cada vez más convincentes de que existe la verdadera felicidad que se busca (y que, según el “yo” palpitante, existe y debería ser eterna), ya existencialmente significada en el tiempo de la vida, con sus amores y dolores. Vayamos pues al fragmento. Methol encuentra la fe católica en Montevideo a través de su creyente amigo y compatriota Luis Enrique Marius (cuyos hijos son hoy responsables de CL en Venezuela), quien asumiría en Caracas el cargo de secretario de la central socialcristiana de trabajadores (CLAT). Methol, valorado por su sabiduría filosófico-teológica e histórico-cultural latinoamericana, es rescatado del ostracismo político-militar uruguayo por el obispo de Avellaneda (Buenos Aires), Antonio Quarracino, secretario general del CELAM y figura determinante. En 1974, Quarracino le propone participar en Bogotá del Equipo de Reflexión Teológico-Pastoral del CELAM, junto con Gustavo Gutiérrez y otros. En 1977, el cardenal brasileño Ivo Lorscheider, presidente del CELAM, encarga a Methol Ferré que elabore y promueva entre los episcopados nacionales el Documento de Trabajo Preparatorio de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla de los Ángeles (México). En 1983 llega desde Roma a Bogotá, sede del CELAM, el joven periodista Alver Metalli, director de la recién nacida revista especializada italiana Incontri dall’America Latina, en busca de noticias directas, eclesiales y político-culturales de América Latina. Se produce entonces un encuentro intenso y decisivo con Methol Ferré que tiene drásticas proyecciones editoriales, a tal punto que se decide cerrar la revista Incontri para que nazcan, en América, la revista Nexo, dirigida por Methol (1983-1989), y en Italia, la revista 30 Giorni. En la Iglesia y en el mundo (1981-2012), dirigida al comienzo por Alver Metalli. Pero no terminan allí las consecuencias de ese encuentro, vivido nada menos que en el seno del CELAM, centro cultural oficial de la Iglesia en América Latina, sino que se abren dos nuevas ventanas.
La primera ventana es la invitación a Alberto Methol Ferré para participar en agosto de ese mismo año en el gran evento público internacional de Comunión y Liberación, el Meeting de Rimini para la Amistad entre los Pueblos. El tema de ese año es “América, Américas”. Nada más oportuno que la implacable sabiduría histórico-cultural y filosófico-política de Methol para nutrir el evento. Cabe decir, de paso, que este encuentro culminará, en los últimos años de Methol, con el deslumbrante libro-entrevista, síntesis de su vasto pensamiento, El Papa y el filósofo (2013), introducido, conducido y editado por Alver Metalli. Al toparse con el florido y dialogante, masivo y jovial evento popular del Meeting, Methol experimenta el estupor de hallarse ante un pueblo nuevo: el inédito acontecimiento eclesial de CL. En octubre de 1983, después de participar en el Meeting de Rimini, Methol vuelve a Santa Fe para dictar sus conferencias y, apenas llega, proclama su admiración por lo que ha vivido: “Aníbal, he encontrado lo que tú buscas, para ti, tu familia y tus amigos de la universidad. Por lo que conozco –me dijo–, no existe hoy en toda Iglesia otra propuesta pública, culturalmente digna de la belleza humana del mensaje cristiano y con criterios adecuados para el diálogo franco sobre las problemáticas actuales del mundo”. Al año siguiente Guzmán Carriquiry, el amigo uruguayo que trabajaba en el Departamento para los Laicos de la Santa Sede, en Roma, informa a Methol que se realizaría un encuentro con don Giussani a principios de julio de 1984 en Montevideo. Methol invita de inmediato a los amigos de Santa Fe con un mensaje breve y de tono triunfal. Partimos en autobús hacia ese imperdible encuentro con Luigi Giussani (que llega en compañía de Francesco Ricci y su secretaria, Giovanna Contini, y el periodista Maurizio Vitali), junto con todos los que pudieron viajar. Se formó una trinidad: Carlos Prono, decano del Colegio Mayor Universitario (CMU), responsable de la organización operativa de los dos primeros y decisivos encuentros de 1985 en Santa Fe, con Ricci en marzo y Giussani en junio; Ariel Dalla Fontana, quien aportó la impronta y el horizonte latinoamericano de estos encuentros y compuso la canción –ya universalizada– La Virgen de Guadalupe; y quien escribe estas líneas, a quien Giussani le abrió la vida y le dio la posibilidad de ser abrazado por una historia que se estaba extendiendo entre nosotros.
Esto comenzó a suceder cuando recibimos, en septiembre y noviembre de 1984, dos visitas personales de Francesco Ricci en nuestra casa familiar. Le preguntamos: “¿Cuándo comenzamos a proponer CL a todos?”, y me respondió con irónica ternura, una ternura desarmante: “Ya empezamos, Aníbal, somos amigos”. Al recordar ese momento me pregunto qué significa eso para el hoy, además de recordarlo con gran simpatía. Una cita de Ricci, aunque referida a otro contexto, resulta esclarecedora. En mi pregunta a Ricci prevalecía –y todavía puede prevalecer en mí– una preocupación funcional sobre el método para comunicar a Cristo. Mientras que su respuesta se abre ya, en la amistad entre ambos, a la tensión de mendigar a Cristo, el Mendigo que conoce el corazón del hombre y que, desde la conciencia de su Presencia, desborda y abre su camino a todos los que nos sean dados, en la circunstancia cotidiana. La necesidad de darse tiempo.
Porque incluso aquellos fragmentos más auténticos de Iglesia viva sufren de una falta de método o de una incapacidad para ordenar en una síntesis los factores metodológicos que, sin embargo, ya existen en ellos; estos límites, no obstante, no deben desmerecer el compromiso de compartir con ellos. Porque el método no es algo para exportar sino para vivir [En: Carta de don Francesco Ricci a Emi Serio, 13 de noviembre de 1975, p. 43 de Amanece. Don Giussani y los inicios de Comunión y Liberación en América del Sur: 1973-1987]
Más aún, para Giussani, “ser de CL es una dimensión de tu persona, que otros no pueden sustituir; no se puede descargar una dimensión personal sobre formas y esquemas” [En: Alberto Savorana, Luigi Giussani: su vida, Madrid, Encuentro, 2015, p. 474].
Entonces, “la comunión”, esa amistad insistentemente generada entre mendigos de una Presencia hecha carne, y que tiende a transfigurar con la verdad, la bondad y la belleza victoriosa de su Persona la dinámica relacional del yo-en-acción, se convierte en amistad presente y propositiva frente al mundo, dentro de las circunstancias cotidianas personales y sociales de “los trabajos y los días”. Esa es “la liberación” concreta y en marcha en el mundo, con su capacidad de abrazar toda la experiencia humana, aquí y ahora, porque “donde dos o más estén juntos en mi nombre, allí estoy Yo”. Desde Vuestra Carne, en Persona.
La segunda ventana abierta tiene nuevamente a monseñor Antonio Quarracino como protagonista y como referente privilegiado de nuestra gratitud por su atenta y disponible paternidad eclesial. A fines de 1984, con el respaldo del padre Ricci, se incorporan a la diócesis de Avellaneda los sacerdotes italianos de CL Cesare Zaffanella, de Cremona, y Leonardo Grasso, de Milán, quienes iniciaron la comunidad de CL de Buenos Aires y constituyeron la imprescindible compañía sacerdotal para las comunidades nacientes en Argentina. Ellos mismos vivían la vida en comunión en su ambiente cotidiano, se encontraban con sacerdotes locales atraídos por el carisma de CL, educaban en la vida sacramental de la Iglesia y acompañaban el surgimiento vocacional en las formas de consagración propuestas por y en CL. Entonces me pregunto: ¿de qué vida nace la inmensa trama de encuentros hacia y desde América Latina que se relata en este libro? De la que aquí apenas anticipamos un segmento donde surgen amistades que hacen posible la irrupción de una historia o, por el contrario, no llegan a desplegar su ciclo vital, aunque todas son reconocidas y valoradas en el momento de su propio acaecer.
A América Latina nos han llevado algunas circunstancias, algunos encuentros casuales, o más bien providenciales […] Pero nuestro compromiso con esas oportunidades fue también críticamente consciente, en el sentido de que percibimos inmediatamente a América Latina como “la tierra del futuro” […] donde resultaría mucho más fácil encontrar un ambiente propicio para una propuesta cristiana, gracias a un cierto tipo humano que ya estaba presente. [En: Luigi Giussani, entrevista de Tommaso Ricci y Alver Metalli, “CL e le sue frontiere”, 30 Giorni, 1 de junio de 1983, pp. 26-31].
Tres hechos-signos, entre otros posibles, expresan la originaria “dimensión personal” –que es relacional e histórica– de la dinámica de la Fe en don Giussani. Confiar totalmente en alguien por lo que es, por lo que dice, por lo que pretende significar para mí y por lo que efectivamente es y activamente significa para mi vida, no es algo verdaderamente real si esta dinámica no se verifica continuamente en la forma de encarar la vida, es decir, si no se vuelve “conciencia crítica de una experiencia en acto”. Ahora bien, puesto que la Fe opera implicándose en la amplitud y concreción de la realidad de la vida, ¿en qué dimensiones conjuntas de esa realidad se educa para que la Fe en Jesucristo se manifieste como modo de ser de la persona convertida en sujeto histórico eclesial? Asumo el riesgo de ejemplificar las tres en Giussani, una por una.
Primer hecho-signo de verificación: “caridad”. Gratitud por ser-amado, sacrificio de uno mismo para amar y gratuidad para seguir amando y siendo amado. El signo de la libertad de una paternidad amante es salir al encuentro de los que están naciendo: la prioridad de salir al encuentro de los jóvenes. Ellas y ellos, por su frescura vital, son vulnerables a la instrumentalización y, por la intensidad de su deseo de lo nuevo, no están cerrados en el prejuicio de creer que ya saben lo que es verdaderamente nuevo. La disponibilidad del joven teólogo Giussani a dejarlo todo me conmueve como educador. Es como ser echado de una universidad e inesperadamente encontrar el universo. Experimentar el ciento por uno de lo que parecía haberse perdido. Elegido para la vida académica, el joven sacerdote Giussani investiga y enseña en la famosa escuela de teología del Seminario Mayor de Venegono (Lombardía) y luego obtiene el doctorado en la Universidad de Nueva York (Estados Unidos) sobre Reinhold Niebuhr, el gran filósofo-teólogo de Harvard de la corriente protestante del social góspel. Pero pide, y se le concede, “descender” a enseñar a jóvenes bachilleres, y es destinado al prestigioso liceo estatal Berchet de Milán. Ya había percibido, al mediar la década de 1950, la ruptura de la transmisión osmótica de la tradición católica en la base social y la creciente ignorancia de los jóvenes sobre el Hecho cristiano y, más aún, sobre la correspondencia del Hecho cristiano con las exigencias humanas originales que ellos llevaban a flor de piel. Esa era su tierra de misión, entre los más necesitados de encontrar un sentido, de vivir un encuentro, de seguir un camino. Vale decir, una pasión por el Destino de esos jóvenes, por un gran amor: caridad.
Segundo hecho-signo de verificación: “cultura”. Argentina es el lugar de América Latina más visitado por Giussani, ocho veces. En esa contemporaneidad del Hecho cristiano que propone vivir, me intriga su correlativa preferencia por la antigua e histórica vida monástica, ante todo benedictina. Conociéndolo, esto no puede restringirse a un gesto puntual de piedad o a la mera devoción a san Benito de Nursia y su monasterio de Montecasino, bajo cuya advocación y patronazgo nacen las propuestas de la Fraternidad de CL y de los Memores Domini. Y esto, en sí mismo, constituye un gesto decisivo, porque ambas son formas de vida laica para que los adultos continúen, en grupos libremente elegidos o en comunidades de consagrados, su camino personal, siguiendo el carisma eclesial que los atrajo a Cristo y comunicándolo en la totalidad de la vida. La intriga se agudiza porque se trata de un gesto originario y permanente. Por ello, remite a una dimensión originaria de verificación de la Fe como experiencia en la que cada gesto cotidiano se realiza bajo la mirada de Cristo, atenta a las necesidades del hombre de hoy. En efecto, constata Metalli:
La aventura en la Argentina del fundador de Comunión y Liberación comienza en una trapa benedictina en el lejano 1973 y concluye con una visita relámpago a un monasterio de la provincia de Córdoba, catorce años después, en 1987. Pero si se mira bien, todos los viajes a América Latina del fundador de Comunión y Liberación están salpicados de visitas a monasterios, hasta el punto de que se puede decir que no hay país, de los que estuvo personalmente, donde no haya visitado una realidad monástica o no haya encontrado monjas que comenzaban a participar de la experiencia de CL o estaban influidas por ella. [En: Amanece. cit. p.293].
Siendo la cultura “conciencia crítica y sistemática de la experiencia” como impacto de la persona con la realidad, es ese impacto el que despierta sus preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida, el amor y la paz, el trabajo y la justicia, el poder, el dolor y la muerte. Y en la vida monástica católica se vive la experiencia que exalta, salva y da su plenitud a lo humano, porque en lo que acontece se significa la presencia del Misterio, que valora la razón y transforma el corazón. Esto se expresa en una manera pública de juzgar y de obrar que intenta tener en cuenta todos los factores de la realidad y propone algo nuevo en vez de absorber pasivamente los hechos o reducirlos a visiones ideológicas unilaterales, a fin de cuestionarlos juntos, integrarlos y comprenderlos sistemáticamente. Así se regeneró toda la cultura occidental (la filosofía y la literatura, la medicina y la farmacología, el arte y la agricultura) de modo que el trabajo y la vida comunitaria se han convertido en expresiones concretas de la verificación de la fe. La vida de CL recibe esta impronta constitutiva del carisma; su presencia en el mundo está sembrada de centros culturales, de expresiones como el Meeting de Rimini, los happenings universitarios, las Vacaciones Comunitarias de los jóvenes y de las fraternidades, y tantos otros gestos, como el reciente Encuentro Buenos Aires, el Encuentro Madrid, etcétera. Lugares abiertos de visitación, de encuentros plurales, de diálogos positivos, de propuestas artísticas. Y, ante todo, el hecho de vivir en forma atenta y en comunión los ambientes de la vida cotidiana, desde el hogar, el barrio, el hospital, la fábrica, el colegio o la universidad, cual pequeños monasterios laicales en el mundo.
Tercer hecho-signo de verificación: “misión”. El periodista Lucio Brunelli, cuando presenta la edición italiana de este libro, pone de manifiesto:
El deseo misionero de partir [que] nace en el clima efervescente de los primeros años de Juventud Estudiantil (GS), caracterizados por una apertura al mundo y por un impulso universalista. Giussani insiste a los jóvenes sobre el hecho de que solo el “mundo entero” es el horizonte del cristiano y “quien no trabaja por este ideal podrá ser obstinadamente honesto, ricamente asceta, tal vez heroico, pero no un verdadero cristiano”. El primer gran encuentro público de GS en Milán, el 31 de enero de 1960, tuvo como título “Vivir las dimensiones del mundo”. [En: Alver Metalli, Albori. Don Giussani nel Sud America di lingua spagnola 1973-1987, Pagina, 2026, p.9].
Tal como al principio, cuando iba al encuentro de los jóvenes alumnos del liceo de Milán, la vibrante atención de Giussani prefiere jugarse allí donde la presencia eclesial se encuentra debilitada o ausente. Ofrece a los obispos latinoamericanos su propia presencia educativa misionera. Visita amigos misioneros que trabajan en contextos apartados con pueblos indígenas. Comparte experiencias misioneras en las que se manifiesta con nitidez “la alegría católica del Evangelio”: una pasión por el hombre y su destino, abrazado en las circunstancias concretas de su vida.
Cuando vivimos con toda mi familia en Roma durante dos años, participamos por primera vez, en agosto de 1986, en las Vacaciones Internacionales de CL en la localidad alpina de Corvara, en el Alto Adigio italiano. En un momento de encuentro informal en grupos, dialogábamos con don Giussani y yo me sentí profundamente cuestionado respecto de la estima que tenía por los movimientos populares de masas. Ante una pregunta sobre la misión, Giussani nos contó una experiencia de los primeros tiempos del GS que había vivido en uno de sus viajes a la región del Amazonas brasileño, en los años 60. Generalmente aprovechaba las vacaciones de verano en el liceo Berchet de Milán para realizar esos viajes. En esa oportunidad fue a compartir la vida durante varios días con un amigo sacerdote del PIME (Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras) en un centro misionero. Un día, el sacerdote lo invitó a acompañarlo a un lugar en medio de la selva y avanzaron hasta un gran bañado, donde terminaba la huella. Allí, el todoterreno con su chofer se detuvo. El amigo se puso unas botas de goma altas y cargó su mochila para atravesarlo y visitar a un caboclo (mestizo indígena-portugués) que vivía en una isla. Al verlo perderse a lo lejos, Giussani se sorprendió pensando: “Esto es el Cristianismo, ponerse en movimiento por un solo hombre, por amor al Destino de un solo hombre”. ¡Nada que ver con los sueños multitudinarios de un efímero proyecto de poder!






