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Magnífica humanidad. León se anticipa a las “cosas nuevas”

(Lucio Brunelli). León XIII publicó la Encíclica sobre la cuestión obrera con 43 años de retraso respecto al Manifiesto de Marx y Engels. Cuando apareció la Rerum Novarum, el liderazgo del proletariado estaba desde hacía tiempo en manos de los movimientos socialistas y las inhumanas condiciones de explotación estaban a la vista de todos. Esta vez, León XIV se anticipa a las “cosas nuevas” que están transformando nuestra sociedad. Es consciente, como él mismo escribe en la Magnifica Humanitas, de que la revolución tecnológica avanza «en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por completo». Si el papa estadounidense, licenciado en matemáticas, corre el riesgo de adelantar el juicio sobre un fenómeno en rápida evolución como la Inteligencia Artificial, es porque percibe graves amenazas que se ciernen sobre esa magnífica criatura llamada ser humano.

Una reciente investigación encargada por la Autoridad nacional francesa para la privacidad y protección de datos mostró que uno de cada dos jóvenes europeos —de entre 11 y 25 años— utiliza chatbots de IA para hablar de cuestiones íntimas o personales. Un ordenador por amigo. «La imitación artificial de una comunicación humana positiva —palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor— puede resultar gratificante e incluso útil» escribe León XIV en su primera Encíclica, pero evidentemente revela un vacío afectivo y un malestar en las relaciones humanas, que plantean cuestiones ineludibles a la familia, a la escuela y a la propia Iglesia. Sobre todo porque, observa el Papa, este tipo de comunicación «en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal».

La “prisa” de León XIV por abordar estos temas lo llevó a aceptar sentarse, en la presentación oficial de la Encíclica, junto a Christopher Olah, uno de los jóvenes cofundadores de Anthropic, multinacional de Silicon Valley que compite con otros gigantes del sector de la IA. Algunos colaboradores de la Curia habían expresado reservas ante el fácil certificado de ética que la empresa podría recibir mediante una especie de “pope washing”, un rentable lavado de imagen gracias a la proximidad con el Papa. Pero León, a pesar de que no es una persona ingenua, confirmó su participación como ponente. Considera esencial, en efecto, entablar un diálogo concreto con quienes conciben, diseñan y organizan las máquinas que intentan imitar la inteligencia humana. La alternativa es una Iglesia que se limite a una serie de lamentaciones destinadas a no tener ningún peso real en los procesos en curso. Además, Anthropic, si bien no rechaza los contratos con los gobiernos en materia  militar  y de seguridad, ha entrado en conflicto con la administración Trump en dos cuestiones éticas fundamentales: el uso de datos biométricos personales para sistemas de vigilancia masiva y la negativa a emplear sus modelos digitales en el desarrollo de armas autónomas letales. Dos escenarios de pesadilla que, de hecho, la Encíclica denuncia puntualmente.

Al Papa que quiere “desarmar” la Inteligencia Artificial le preocupa sin duda el uso que su poderosa nación (y no solo ella) hace de esta tecnología con fines bélicos. Pero aquello que lo empuja a hacer un juicio son también las ideas que con frecuencia acompañan a la “cuarta revolución digital”. Corrientes de pensamiento como el transhumanismo o el posthumanismo consideran las limitaciones humanas como un defecto que la tecnología puede corregir, y ya no, según la antigua sabiduría cristiana, como un dato realista de nuestra condición, una herida que puede despertar la nostalgia de un Más Allá, abriéndose a la Gracia en vez de depositar sus esperanzas en esa nueva y sombría especie “híbrida” del hombre-máquina. Estas son las páginas existencialmente más sugestivas de la Magnifica Humanitas: «Debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite».

¿Y todos los beneficios que la IA ya está aportando y puede aún aportar en tantos ámbitos de la vida humana, en el campo de la investigación y especialmente en el de la salud? ¿La Iglesia no corre el riesgo de subestimar, como sucedió en otras circunstancias históricas, las posibilidades positivas del progreso científico? ¿Es un juicio demasiado precipitado y pesimista? En realidad, León XIV no deja de reconocer los aspectos positivos de la IA. Ciertamente no se opone a las nuevas tecnologías que facilitan diagnósticos y tratamientos para enfermedades graves. Pero incluso en el campo de la recopilación de datos sanitarios percibe sombras “neocoloniales” que no se deberían subestimar. La historia pronto dirá si el “pesimismo” de León XIV ha sido prematuro o bien profético, una poderosa ayuda para “seguir siendo humanos”.

(Traducción del italiano de Inés Giménez Pecci)

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