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¿Dos cismas, dos raseros? No, Écône y Beijing no se pueden comparar

(Lucio Brunelli). Severos con el cisma lefebvrista, indulgentes con el chino. La objeción empezó a difundirse como un auténtico “tam tam” en forma sistemática en las redes sociales inmediatamente después de la consagración de los cuatro obispos ultratradicionalistas en Écône, y después pasó a expresarse en forma de análisis y comentarios en medios ideológicamente afines —ya sin disimulo— contra el pontificado de León XIV. 

La tesis se planteaba así: la Santa Sede no ha dudado en lanzar los rayos de la excomunión contra los obispos lefebvristas; mientras que supuestamente habría adoptado una actitud muy diferente, mucho más comprensiva, con respecto al “cisma chino” por el nombramiento de obispos “patrióticos” por parte del régimen comunista. En pocas palabras: dos cismas, dos raseros. La tesis tiene una segunda intención, en algunos casos burdamente política: la Santa Sede es  dura con la derecha tradicionalista y flexible con los comunistas. 

¿Qué se puede decir? La crítica del presunto trato desigual entre Écône y Beijing se basa en un escaso conocimiento de la atribulada historia del catolicismo en China. Una historia de conflictos y persecuciones, marcada por el intento inicial del régimen de separar por completo a la comunidad católica del Vaticano con la creación, en 1957, de la Asociación Patriótica. Todos los nuevos obispos, a medida que eran consagrados por prelados complacientes, sin mandato pontificio, incurrían en excomunión latae sententiae, es decir, automática. Exactamente igual que ocurrió con los obispos lefebvristas. En ambos casos se aplicaba una norma clara del derecho canónico. 

Sin embargo, todos los papas, desde Pablo VI hasta León XIV, evitaron siempre utilizar el término “cisma” para referirse a la dolorosa situación de la Iglesia en China. Quien lo empleó inicialmente fue Juan XXIII, el Papa bueno, en el discurso que pronunció en el consistorio secreto del 15 de diciembre de 1958, aunque posteriormente él mismo dejó de utilizar esa expresión. Los pontífices comprendieron que no existía una voluntad cismática en la Iglesia católica china, porque la “independencia” de Roma era impuesta por el poder político. No es casualidad que, con el paso de los años, la inmensa mayoría de los obispos chinos ilegítimos solicitaran secretamente a la Santa Sede (y lo obtuvieran) ser readmitidos en la plena comunión, lamentando su comportamiento y expresando claramente su fidelidad al Santo Padre. 

Se trata, por tanto, de una historia que sin duda presenta algunas analogías con la de los rebeldes de Écône —obispos ordenados sin mandato pontificio e inmediatamente excomulgados—, pero completamente diferente en sus orígenes históricos y en sus objetivos. La ruptura china fue impuesta desde el exterior por un régimen opresor, y no estuvo acompañada de objeciones doctrinales o litúrgicas. La de los ultratradicionalistas, en cambio, fue una decisión libre, sin coacción política, y se caracterizó por una dura impugnación doctrinal de todo un Concilio y contra los papas que lo aplicaron fielmente.

La historia de las relaciones entre China y la Santa Sede es dolorosa y compleja. Quienes la han seguido de cerca, con un corazón católico, no han podido sino acoger con satisfacción y esperanza la firma, en 2018, de un Acuerdo oficial entre Roma y Beijing que regula precisamente el nombramiento de los obispos. Por primera vez, desde la llegada de Mao al poder, la designación de los nuevos obispos requiere, por disposición del propio Acuerdo, la aprobación del Papa. Gracias a ello, hoy todos los obispos chinos están en comunión con el obispo de Roma. Ninguno de ellos ejerce su ministerio pastoral en oposición al Papa.

Naturalmente, el Acuerdo es un compromiso. El régimen no renuncia a influir en la elección de los candidatos al episcopado, y el camino hacia el ideal de una completa libertad religiosa en China sigue siendo largo. Pero se trata de un importante avance con respecto al pasado: la aprobación del Papa para el nombramiento de los obispos ha garantizado hasta ahora la plena comunión. Esta aprobación no podía existir en el caso de los obispos lefebvristas, elegidos por iniciativa propia por los responsables de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, en un gesto de desafío a Roma.

Se trata, por tanto, de situaciones muy diferentes que no se pueden comparar, salvo con fines tristemente propagandísticos.

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