Publicamos el simpático relato de Verónica Cantero Burroni, aparecido el sábado 18 de julio en L’Osservatore Romano con el título «Ventajas del estrabismo», la ilustración de Giulia Culicchia y la traducción del español al italiano de Alejandra Borsari. La imagen de tapa es de Wikimedia Commons.
Verónica vive en Campana, provincia de Buenos Aires, y es autora de El ladrón de sombras y Amore di ombra. El primero fue publicado también en italiano por la editorial Pagina y en español por Quipu. El segundo fue publicado en italiano por la editorial Pagina. Veronica escribió El ladrón de sombras a los 13 años y Amore di ombra tres años después.
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(Veronica Cantero Burroni). Mi papá dice que tengo el don de la bilocación porque puedo estar en dos lugares al mismo tiempo. Si Dios me dio ese don, no es porque sea santa como el Padre Pío, sino porque soy bizca de nacimiento. Mis ojos se turnan para salir hacia afuera como si necesitaran tomar aire. Primero se va uno y después el otro. Estoy tan acostumbrada que me olvido, pero siempre otros me recuerdan que mis ojos se van:
—María Paz, mírame cuando te hablo—me dijo mi mamá el otro día que discutimos.
Yo la estaba mirando con los dos ojos, se los juro. Pero llegó un momento en que mis ojos empezaron a funcionar de forma independiente: el izquierdo estaba centrado en el movimiento de la boca de mamá, de dónde salía el chirrido de la queja. Ella siempre se queja porque cuando le pido que me alcance algo, lo que necesito no está en su lugar, entonces se exaspera mientras busca mis cosas por toda la casa.
—María Paz, mírame cuando te hablo—me dijo.
Yo la estaba mirando tan en serio, que le vi un hilito de carne en el medio de los dientes quejosos. Pero al mismo tiempo, mientras veía la lengua de mamá moviéndose entre sus dientes, y escuchaba “No puede ser que siempre te tenga que decir lo mismo, ya sos grande”, mi ojo derecho estaba suelto, dando vueltas por las periferias de la pupila. Miraba a la vecina de enfrente que todos los días a la misma hora sale a barrer las hojas del otoño. (Lo bueno de tener un ojo multitasking es que puedo fingir demencia más fácil cuando una situación me resulta incómoda o desagradable).
Otra de las ventajas de ser bizca es que a veces recibo doble atención. En la misa siempre me siento al costado de los bancos, bien pegada a las esquinas para que mi silla de ruedas no estorbe el paso en el momento de la Comunión. El domingo pasado, cuando el sacerdote dijo: “démonos fraternalmente la paz”, giré la cabeza hacia el costado para saludar a la chica que estaba al lado mío, pero dos voces me contestaron al unísono “y con tu espíritu”. Una voz era la de la chica a la que yo tenía la intención de darle la paz, la otra era la de la señora que estaba a la misma altura que la chica, desde el banco de atrás, se levantó, estiró el cuello como una tortuga y me dio un beso que me dejó el cachete pintado de fucsia. De la nada recibí un 2×1 de paz, y tuve que dividir en dos la paz que pensaba darle a una sola persona. Como no lo tenía previsto, le tuve que dar media paz a cada una. Cuando la señora miró de nuevo hacia el altar, aproveché para limpiarme el beso fucsia que me había dejado en el cachete.
“Un gran poder es una gran responsabilidad”, le dijo el tío Ben a Spiderman. Es cierto. Ser bizca tiene sus ventajas, pero también sus riesgos. Estoy conociendo a un chico y el otro día le pregunté si no le importaba que yo fuera bizca:
—No, me gustan mucho los camaleones, son simpáticos—me dijo.
Me reí y le di un codazo, pero me gustó que se atreviera a hacer esa broma.
—¿De verdad no te importa? —le volví a preguntar intentando mirarlo de frente para que pudiera apreciar plenamente mis ojos. En seguida la mirada frontal se convirtió en oblicua porque mi ojo derecho se movió hacia el costado.
—No. ¿por qué debería importarme? —me preguntó.
Antes de responder me tapé con la mano el ojo izquierdo, quería tener una visión entera de la reacción de Emanuel. No sé cuál es la explicación médica, pero cuando me tapo el ojo que se quedó quieto, el que se fue vuelve a su lugar.
—Es que mi ex no confiaba en mí porque decía que yo miraba a otros chicos cuando estaba con él.
—¿Qué? ¿En serio? — soltó él mientras se reía. Emanuel se ríe con la “A”, tiene una risa traviesa, muy parecida a la de los mininos de la película Mi villano favorito.
—Sí, de verdad te digo. Por eso le corté.
El recuerdo de mi ex no me causa ninguna gracia, pero fue tan contagiosa la risa de Emanuel, que no pude evitar reírme.
—Pero lo tuyo es involuntario ¿o no?
—Sí, no lo puedo controlar: Es una cuestión muscular, por mi discapacidad tengo mucha tensión en todo el cuerpo, hasta en los ojos, por eso se me van.
—Qué loco. ¿Y qué sentís cuando se te van?
—Nada, pero me doy cuenta porque de repente se me amplía la visión. Ponele, ahora te veo a vos con un ojo, pero con el otro estoy viendo el container que está en la esquina de ese caminito—le dije señalando la esquina de la plaza.
—Fua, tenés un radar de 180 grados—me dijo mientras giraba levemente la cabeza hacia esa esquina.
—Sí—confirmé con una risa nerviosa. Me encanta que Emanuel se tome mi bizcochez con humor, pero en ese momento dudé si lo hacía para caerme bien.
—Hablando en serio, yo no quiero jugar ni ser la chonga de nadie. ¿Me aceptás así como soy?
—Sí, Paz. Yo también tengo mis cosas. No sé si ya te lo dije, pero soy disléxico y daltónico. No nos preocupemos por nuestros límites, riámonos juntos—me dijo apoyándome la mano en el hombro. Hubo unos segundos de silencio en los que nos miramos intercaladamente con el rabillo del ojo. Yo le vi los ojos profundos y los labios apretados. Después volví a ponerme de perfil para disimular, pero sé que él hizo lo mismo. Su mirada me entró por la oreja y se quedó ahí, latente.
De pronto Emanuel rompió el silencio y se volvió a reír, pero esta vez de forma sutil, como quien piensa en algo que le causa gracia y no lo dice.
—¿De qué te reís? —le pregunté mientras sentía cómo la tensión del silencio sostenido se desarmaba en efecto dominó.
—Ahora que me miraste de costado no sé si me miraste a propósito o si se te fue el ojo— me respondió. En ese momento no se lo dije, pero me gustó que diga lo que piensa y no se lo guarde. Si yo le hubiese preguntado de qué se reía a mi ex, él me hubiera dicho” de nada, una boludez”.
—Te estaba mirando a vos, pero cuando el ojo se me fue, también vi al nene que se está descostillando de la risa en la hamaca—le contesté señalando con el dedo a un nene de unos seis años que se balanceaba hacia atrás y hacia adelante impulsado por su papá.
—Qué loco. ¿No te molesta tener visión panorámica?
—No, ya estoy acostumbrada a ver así, pero si me molesta desde el punto de vista estético, no me gusta cómo me veo cuando estoy bizca.
—A mí también me cuesta asumir que soy daltónico y disléxico. Me molesta no poder ver el mundo tal como es. Cuando leo se me cruzan todas las letras e interpreto cosas que el texto no dice. Y cuando miro algo, me molesta no poder distinguir bien sus colores, me siento engañado, como si viviera en una ilusión óptica permanente.
—Qué fuerte—le dije apoyando una mano en su rodilla.
—Sí, pero bueno. Trato de reírme de mí mismo para llevarlo de una forma positiva—me respondió él mientras apoyaba su mano sobre la mía.
Otra vez se hizo silencio. Sólo se escuchaba el piar de los pájaros que cantaban en los árboles, encima de nuestras cabezas. Nos volvimos a mirar intercaladamente. Esta vez yo le miré los ojos profundos y los pómulos tensos, después bajé la vista hacia sus labios color ladrillo. Los tenía apretados de nuevo, como si se estuviera conteniendo. Yo también tuve que contenerme. Era la segunda vez que nos veíamos y habíamos dicho que iríamos despacio, porque a ninguno de los dos nos fue bien cuando nos apuramos.
—Te propongo algo—me dijo bruscamente para cambiar de tema. —Juguemos a un veo veo diferente. Las reglas son estas: en vez de adivinar el color de una cosa, tenés que fijar la vista en algo y decirme cómo se te va ampliando la visión a medida que el ojo se te mueve ¿dale?
—Qué tonto—le dije entre risas. —Jugamos, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que después juguemos otro veo veo, pero de daltónicos.
—La vas a tener difícil, voy a mandar fruta en todos los colores—me dijo Emanuel levantando la ceja izquierda. Cuando hizo ese gesto, el lunar al lado de la ceja se le corrió hacia arriba:
—¿Cómo vas a hacer para ganar?
—Vos me decís tu código de colores al principio del juego y yo me lo tengo que acordar para adivinar—le respondí con una sonrisa torcida. Más que un veo veo, para mí fue un memotest, siempre tuve buena memoria, cuando jugaba de chica me llevaba todas las fichas.
—Okey, me parece justo, pero la idea fue mía, así que yo decido que empezamos con el veo veo de bizcos. Me pongo de frente a vos, así calculo mejor tu ángulo—dijo mientras pasaba una pierna por arriba del banco.
—Bueno, esperá que me acomodo el ojo para que el movimiento empiece de cero—le dije mientras me tapaba el ojo derecho con la mano. Taparme un ojo para que los dos se enderecen es algo que hago muy seguido, pero siempre trato de disimular mi intención fingiendo que me pica el ojo. No sé por qué, pero con Emanuel me doy la libertad de ser yo misma.
—Wow, no me había dado cuenta de que el ojo bizco se te acomoda cuando te tapas el otro—me dijo. Y después soltó otra carcajada de minion.
—Veo veo—le dije casi sin respirar. No quería que los ojos se me fueran del punto fijo que elegí, antes de que Emanuel me hiciera la pregunta.
—¿Qué ves? —preguntó él expectante, acercándose a mi cara como si estuviera mirando algo a través de un microscopio.
Aunque fue solo un momento, por un segundo lo vi solo a él. Sus ojos negros y derechos me miraron fijamente a mí y solamente a mí. Tenía la sonrisa relajada, los labios sin tensiones, sin impresiones no dichas. Emanuel me miró como quien mira pasar el río, con ese mismo silencio que surge de adentro cuando uno disfruta del paisaje.
—Veo el poste de luz chueco, ahora tu oreja. Es como un caracol de carne y está colorada como el pimentón. Veo tus rulos y tu frente marcada de granos reventados, parece que alguien te clavó las uñas en la piel. Un chico todo chivado corre en el caminito del container. El chico dejó de correr, está trotando. Con el ojo izquierdo veo que girás la cabeza para atrás, a la derecha, el ojo que se me fue te indica que de ese lado está el chico.
—Venías bien hasta mi frente, después se te fue a la mierda —observó Emanuel trazando el recorrido de mi ojo con el dedo en el aire.
—Sí, hiciste bien el tour por mi pupila—le dije mientras me tapaba la risa con la mano.
—Me gustan tus metáforas, son muy gráficas—comentó mientras se pasaba la mano por la frente, como si quisiera corroborar que las marcas seguían ahí.
—Gracias. Me divierto mucho pensando imágenes que ilustren cosas. ¿Jugamos de nuevo? —le pregunté atraída por su capacidad para desdramatizar mi defecto.
—Dale, ¿te puedo acomodar el ojo yo? —me preguntó Emanuel. Enseguida bajó la vista un poco avergonzado. Su pregunta me descolocó tanto que levanté la cabeza de golpe: Si me preguntó eso la segunda vez que nos vimos ¿qué me espera?
—Sí—le respondí con una certeza que no sé de dónde me salió.
Emanuel puso la mano en forma de cuchara y la acercó despacio hacia mi cara. Las yemas de sus dedos son muy rojas, parecen la punta del cuerpo a donde va a parar toda la sangre que le sobra. Sus dedos largos se apoyaron lentamente sobre mi ojo y me transmitieron poco a poco su calor. Como no podía evitar parpadear, le hice cosquillas en los dedos con las pestañas (él no me dijo nada, pero lo sé porque sentí que mis pestañas tocaban sus dedos). Emanuel hizo presión sobre el ojo con mucha suavidad, como quien sabe que está tocando una herida. Bajo su mano, solamente podía ver la piel rojiza; sus dedos estaban tan pegados entre sí, que no había espacio para que entre el sol, pero la luz de la intemperie se filtraba igual en la piel y parecía que la mano irradiaba una luz propia. Me hubiera gustado quedarme en ese hueco rojizo y calentito, pero el ojo pródigo que se había ido empezó a enderezarse y a captar nuevas imágenes del mundo exterior. En el caminito donde había estado el chico todo chivado, ahora había una nena andando en rollers que avanzaba con zancadas largas sobre el cemento. Quise seguir observándola anonadada por la fluidez con la que se movía, pero mi ojo siguió su camino antes de que pudiera ver cómo la nena se dejaba llevar por la inercia de su propio impulso. Vi de nuevo la oreja y la frente marcada de granos que ya no están, pero esta vez mi ojo detuvo su vagabundeo en los ojos negros de Emanuel: me miraba fijo, con un silencio íntimo, una concentración escrutante lo mantenía quieto, ocupado en sostener el brazo extendido y la mano apoyada sobre mi ojo para formar el hueco hecho con su propia piel, y con la luz que su piel había absorbido del sol.
—Listo, ya está derecho—dijo mientras levantaba la mano muy despacio y el calor que se había concentrado en mi párpado se disipaba con una correntada de viento.
“Un gran poder es una gran responsabilidad,” le dijo él tío Ben a Spiderman. Es cierto. Yo no puedo mirar a Emanuel tan fijo como él me mira, sé que tengo que encontrar la manera de que él se sienta especialmente mirado (como me siento yo), aunque a veces mis ojos estén uno en una esquina y el otro en la otra.






